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domingo, 23 de junio de 2013

El ataque de los clones


No sé si a vosotros os pasa, pero a mí más veces de las que me gustaría me han confundido con otro. Lo achaco a que la gente sólo es capaz de tener cuatro aspectos físicos genéricos (alto, gordo, gafas, pelo largo) de alguien, y confunde a cualquiera que encaje con esa parca descripción. Así, sin salir de Albacete capital, he sido confundido con más de una docena de individuos; algunos días, incluso varias veces. Pero no se trata de un fenómeno local, puesto que me ha sucedido en, al menos, cinco ciudades más.
La personalidad de uno se resiente un poco con tanta equivocación, ya saben, uno siempre piensa para sí que es único e irrepetible, y se encuentra con que tiene más copias que unas zapatillas Converse All Star. Que una señora mayor te pare en mitad de la calle, sólo para comprobar que te pareces al hijo de su prima, le da una patada en las inglés a tu autoestima. Tantos años para forjarte una identidad propia y resulta que eres poco menos que un clon de un tipo alto, gordo, con gafas y pelo largo. Un clon que forma parte de todo una legión de individuos repartidos por toda la geografía y que pululan por ahí, sin conciencia de copia hasta que, a fuerza de ser confundido con cualquiera de los otros clones, escribe acerca de la angustia existencial en su blog.
También es inquietante que nunca me haya encontrado con una de esas copias cara a cara. He visto tipos que podrían encajar en la descripción básica que decía antes, pero como no me he encontrado ningún parecido con ninguno e ellos, me niego a creer que se trate de un clon. O los tipos que se parecen tienen algún defecto en el cerebro que les impide reconocerse entre sí, o todo forma parte de una estrambótica conspiración. Pero como de conspiraciones ya vamos bien servidos, pensaremos que debe ser algo como cuando no reconoces tu voz cuando la oyes grabada. Aunque una vez confundí mi reflejo en el espejo de una tienda con un amigo, lo cual ya es bastante raro.
Surge la pregunta de qué ocurriría si cambio el paradigma de identificación. Qué pasaría si me cortase el pelo, adelgazara o me quitara las gafas. ¿Sería confundido con otra serie de tipos? ¿O al fin sería realmente único? ¿Bastaría con ponerme lentillas para salir del colectivo de copias, o hay que cambiar el máximo posible de características para ser ese ente único e irrepetible? ¿Merece la pena? No lo creo, porque hay tanta gente que siempre acabarías por asemejarte a otros y, por otro lado, eso de ser tan único, inconfundible, no parece muy buena idea. Primero, porque si no quieres ser el loco del barrio necesitas tener unos cuantos miles de millones para cubrirte el riñón, ya que, viendo lo que se ve por la calle y por la tele, convertirte en alguien inconfundible exige más dinero que vergüenza, y solamente con dinero a espuertas, la gilipollez se convierte en extravagancia. Segundo, que volverte tan inconfundible acaba por llamar demasiado la atención, lo que nunca es bueno en una sociedad que adora la homogeneización. Es tan peligroso como coserse una diana en el pecho. Pregúntale a cualquier bicho en peligro de extinción si no se cambiaría por otro más común, por otro por el que pudiera ser confundido. Por un tipo alto, gordo, con gafas y pelo largo. Pues eso.


domingo, 3 de marzo de 2013

Conspira, que algo queda

Todo lo que sucede ahora mismo en España es fruto de una conspiración. Un grupo de malvados y siniestros personajes están moviendo los hilos para hacerse con el control de nuestro país de tal manera, que aunque lo estemos viendo venir, no sólo no podamos hacer nada en contra, sino que además estemos encantados.
Está claro que se ha desatado una fortísima campaña mediática para lograr que la ciudadanía desarrolle un profundo rechazo hacia las figuras políticas que, hasta ahora, ocupaban un lugar predominante en los informativos, con permiso del Real Madrid. Escándalos, corruptelas, actuaciones, declaraciones y gestos más propios de chimpancés lobotomizados… Todo obedece a la misma causa, que al ciudadano español, sometido al condicionamiento pauloviano, le suba la bilis a la garganta de asco y rabia cuando piense en política y políticos. Así, cuando esta mano negra decida dar su golpe de efecto, y barra de un plumazo a los presentes cabezas de lista para poner a su hombre de paja, nos asentará el estómago cual sobre de Almax.
Porque gilipollas, chanchullos y cadáveres los hay en todos los armarios de todas las sedes políticas, de toda la vida. Y es curioso que, siempre que se ha llevado ante un juez a dirigentes y gestores de la administración pública de cierto nivel y altura, los de arriba del todo del organigrama siempre se han librado del fuego cruzado y el ventilador enmierdado. Pero ahora no es el caso. Hoy las balas silban en los oídos de los primeros espadas, y cada vez que abre la boca un subalterno es para comprar gasolina y cerillas.
Y ya no es solo que veamos expuestos los trapos sucios del grupo que manda, la ofensiva va contra todos y en todas direcciones. Así, estamos presenciando la ruptura de las disciplinas internas, el resquebrajamiento territorial, debates que no llevan a ninguna parte, medidas antisociales sin fuste, discursos que son pura exhibición de estulticia, etcétera.
Esto no puede ser casualidad.
Los expertos de la cosa europea miran hacia Alemania, y plantean que el objetivo de la conspiración sea reemplazar a corto plazo al presidente por un tecnócrata a sueldo de la Merkel, sin paso previo por las urnas. Un salvador, un mesías low cost –español, nadie se arriesgaría a traer a un Pepe Botella II- que dirija este país, con germánicas maneras, por la senda que más convenga a los intereses del Cuarto Reich. Y así, al fin, seríamos europeos, en cuerpo y alma, y no sólo para pillar subvenciones.
Aún así, y conociéndonos, no hay garantías de que este Neo de la realpolitik vaya a conseguir su objetivo. Las conspiraciones también tienen sus puntos flacos, y no es lo mismo varear el olivo que tirar de los mantos. Y Numancia no es Berlín.
Pero, si después de todo, no hay conspiraciones, entonces, no entiendo nada.




domingo, 17 de febrero de 2013

Rabia

Tengo en las estanterías de mi casa un ejemplar de Rabia de Stephen King, en edición de Martínez Roca de 1987. La historia trata sobre un adolescente armado hasta los dientes que secuestra a toda su clase del instituto. Publicada originalmente en 1977 bajo el pseudónimo de Richard Bachman, esta novela corta ya no se edita en Estados Unidos desde 1997 por decisión expresa del autor.
La culpa la tienen al menos cuatro incidentes sucedidos en la década de los noventa, en donde distintos adolescentes acabaron a tiros en sus respectivos institutos. La gota que colmó el vaso fue un tiroteo en donde un chaval de 14 años acabó con la vida de tres compañeros de clase y dejó cinco heridos. El mentado libro apareció entre los objetos de los asesinos. Después de aquello, King prohibió la edición y reedición del libro, así como cualquier adaptación del mismo a televisión, cine o lo que fuera.
King fue profesor antes que escritor de éxito y describió en esta novela lo que mejor conocía entonces. Es una historia, la primera que publicó con pseudónimo, sin seres ni poderes sobrenaturales, el énfasis –y así nos lo recuerdan las contraportadas de casi todas las ediciones- está puesto en el puro terror psicológico: aquí los monstruos son las personas, en concreto, esos adolescentes que no se entienden ni ellos mismos. Quizás el problema es que resulta, entonces, demasiado real.
Pero ¿cree él realmente que su libro puede dar ideas, influir en la mente trastornada de un chaval multiacomplejado con acceso a armas de fuego e incitarle a liarse a tiros? También es cierto que habrá pesado en su decisión la posibilidad de que le cayera encima alguna demanda multimillonaria de esas tan típicas de los americanos. Pero en su último ensayo, titulado Guns, publicado tras la última masacre escolar, King hace un alegato por el control de las armas de fuego en su país. Dice, entre otras cosas interesantes, que su libro no trastornó a aquellos chavales asesinos, ya lo estaban previamente, pero teme que sí que pudiera servir de catalizador. King explica que “uno no deja un bidón de gasolina donde un chico con tendencias piromaníacas pueda encontrarlo”.
Pero detengámonos ahora en esta idea: Stephen King se ha autocensurado un libro. Puede hacerlo porque es multimillonario, porque podría ponerle su nombre a una escoba y venderla por millones. Ciertamente, no necesita la pasta que podría obtener con Rabia, pero tampoco tenía por qué hacerlo. Su libro lleva más de diez años sin venderse y, a pesar de todo, los adolescentes de EEUU han seguido disparándose en las escuelas. Nadie ni nada le ha obligado a hacerlo. Cuando se supo que El guardián entre el centeno de Salinger era la lectura favorita de Mark David Chapman, el asesino John Lennon, el libro alcanzó fama mundial y un nivel estratosférico de ventas. A nadie se le ha ocurrido prohibir, censurar o considerar a esta obra maestra de la literatura Norteamérica culpable de algún modo, y eso que los más conspiranoicos lo han vinculado a otros asesinos famosos como Charles Manson, Lee Harvey Oswald o Sihran Sihran.
El caso de King no es un caso inédito, pero tampoco abundan. En un tiempo en el que casi nadie asume la responsabilidad de sus actos, donde parece que casi todo es disculpable, donde ni siquiera hay por qué dar explicaciones, y mucho menos darlas a la cara, alguien decide, de acuerdo a sus convicciones, y sin ser culpable de nada, evitar la tentación para evitar el pecado. Y esto es aún más raro.
Pero tampoco tengo claro si es una buena decisión. Porque estoy harto de ver cómo, cada cierto tiempo, los vigilantes de la virtud se lanzan al cuello de los libros, las películas, los videojuegos o la música, tachándolos de todos los males de la sociedad moderna. Es más fácil señalar al libro que al padre que le compró el rifle al chiquillo. O a las leyes que permiten que cualquier garrulo pueda tener armas automáticas en su casa. O a los educadores del centro escolar que se hacen los suecos ante el acoso escolar. O yo qué sé. No, la culpa es de Stephen King, de Tarantino, de Marilyn Manson. Entonces, la disposición del Maestro de Maine parece más cobarde que otra cosa.
Pero, por encima del acierto o error de esta autocensura, lo que es evidente es que una sociedad a la que hay que quitarle un libro de ficción porque, según algunos, podría inducir a alguien a cometer una locura es una sociedad enferma. Y una sociedad donde el único que muestra algo de responsabilidad ante una desgracia es un autor de best-seller tiene múltiples carencias. 
Una sociedad de mierda.


domingo, 4 de noviembre de 2012

Más tiempo

Apenas sabemos valorar el tiempo que tenemos. Porque si hay algo que malgastemos constantemente es nuestro tiempo. Tiempo de vida, de existencia, ojo. Lo dejamos correr, como el agua que se escapa de entre nuestros dedos para perderse para siempre por el desagüe, sin sacar ningún provecho de ello. Y es que nos hemos acostumbrado o, más bien, nos han vendido la moto de que el tiempo es infinito, y que tenemos de sobra, para casi todo. Pero no es así, es como una botella de agua que vamos apurando a sorbos y que nunca volverá a llenarse. Un despilfarro inútil.
Son estos defectillos de la vida occidental los que me tocan las narices.
La muerte es el final. La cuenta atrás llega a cero y, zas, al pijo, se acabó lo que se daba. La parca está ahí, ahí mismo, sentada a tu lado afilando la guadaña con aire distraído mientras mira el marcador de tu tiempo. Y tú, mientras, no estás haciendo nada con tu vida. Sólo la dejas correr a ver a dónde te lleva. Y yo no sé si hemos perdido el miedo a la muerte, nos da lo mismo, y al fin han ganado las fuerzas oscuras que querían dominarnos y convertirnos en borregos, simple ganado pasivo alimentado a fuerza de tecnología barata, comida basura y muebles baratos de Ikea. O por el contrario, en lugar de perderlo lo hemos olvidado, nos hemos desacostumbrado a la presencia natural de la muerte, y lo que para nuestros abuelos era algo natural, jodido, pero normal, demasiado próximo quizás, para nosotros ni existe, o acaso lo percibimos como una tormenta, un huracán, un fenómeno natural que hace acto de presencia de vez en cuando, mata a alguien lejano -nunca a nosotros-, y se esfuma dejando un mal recuerdo.
Hasta que un día el rayo le cae a alguien próximo, muy cercano, y entonces ¿qué? ¿No somos nadie? ¿Adiós Matrix? ¿Oh Dios mío, qué estoy haciendo con mi vida?
Porque ahí estamos nosotros, negacionistas perdidos, pretendiendo congelar nuestro tiempo vital. Asustados ante la idea de marchitarnos con los años, de envejecer, de convertirnos en abuelos gagás, sin darnos cuenta de que, con la basura que comemos, bebemos y respiramos, aquel que llegue a octogenario será un privilegiado y el resto nos quedaremos en la cuneta a mitad de camino, comidos por los cánceres y/o los virus. Y lo que es peor, nos iremos con la sensación de que no hemos hecho nada.
Lo más importante para una persona es su tiempo.
El tiempo debería ser el nuevo dinero, pero me contentaría con que fuera un incentivo laboral. Tener euros en la cartilla está bien, pero es mejor tener tiempo libre, para gastarlo en lo que se quiera. Lo probamos un poco cuando nos dan vacaciones y días de libranza, y chico, cómo nos gusta. O mejor aún, con ese magnífico invento que es la jornada continua, de la que disfrutan solo los privilegiados –sí, lo sois-, que les dejan prácticamente 16 horas seguidas al día para malgastarlas como les dé la gana. Para descansar, para leer, para pensar. Para crear. Este debería ser un ideal laboral por el que todos deberíamos luchar.
Mientras tanto, habría que sacudirse la capa de apatía que nos han echado encima y empezar a aprovechar el tiempo que tenemos, vivir el presente. No hacerlo no solo es triste, sino estúpido. Tan estúpido como vivirlo tan intensamente como si no hubiera un mañana. Que el carpe diem está muy bien para los poetas, pero es mejor, y está mejor empleado, procurar vivir un día tras otro que tirarse por un puente por hacer el gilipollas extremo. No puede ser tan difícil.


El Pueblo de Albacete, 5 de noviembre de 2012

domingo, 28 de octubre de 2012

Cuerdas y ladrillos

En la misma mañana me tropiezo por la calle con un abuelo que camina a lo suyo, con varias largas hebras de cuerda de plástico en la mano, y dos chiquillos que vienen de jugar al fútbol sala, y van pateando un ladrillo.
El abuelo camina en línea recta,  mientras va trenzando las cuerdas  casi con una sola mano. Es una acción rutinaria para él, y lo hace con maestría, sin mirar lo que están haciendo sus dedos. Mira hacia adelante, teniendo cuidado en los pasos de cebra. Incluso se para antes de cruzar y le hace señas al coche se que ha detenido ante él de que pase primero. O lo que es lo mismo, el peatón acaba de cederle el paso al automóvil. En un paso de cebra. El conductor no se lo piensa dos veces y tira para delante, sin agradecerle el gesto. O al menos, desde mi posición, no he visto que le haga ningún gesto. Solo entonces el hombre, que mira a izquierda y derecha, cruza y prosigue con su pausada caminata. Me recuerda a mi propio abuelo, que también parecía tener un don para trenzar cuerdas, gomas elásticas y, sobre todo, esparto, hasta convertirlo en toda clase de cosas: vasos, sombreros, fundas para las botellas de vino... Un saber que se perdió con él, por cierto.
Poco después me encuentro con los dos críos. Vestidos con el mismo chándal con el nombre y el escudo de su equipo serigrafiados, cargados con dos abultadas mochilas donde, supongo, llevarán el resto de la equipación. No tendrán más de trece años, aunque no sabría decirlo porque datar a ojo a la gente nunca se me ha dado bien. El caso es que van los dos por la acera, hablando a voces, driblándose el uno al otro golpeando con el empeine un buen trozo de ladrillo de los de nueve agujeros.
Los críos no miran por donde van. Patean, chutan, descascarillan sin conocimiento ninguno su calzado deportivo y el ladrillo. No se fijan en los demás peatones, o en los vehículos que están aparcados. En un momento dado, uno de los dos se da cuenta de que uno de los lados del ladrillo está tan afilado que podría clavárselo, así que llama la atención de su compañero y, de un puntapié, lo lanza hacia el medio de la carretera. Para ver qué pasa si lo pilla un coche. Se echan a reír. Entonces se percatan de que los estoy mirando, se vuelven a reír y aprietan el paso. Un coche, en efecto, pasa por encima del ladrillo y lo destroza, sin daños aparentes en el neumático. Pero el ruido seco, el chasquido de la arcilla, les hace correr hacia la esquina.
Igual que el hombre mayor me recordaba al abuelo, me pregunto si los enanos estos me recuerdan a mí. Porque mientras que el primero me resulta entrañable, a los segundos los cogería por el cuello y les haría cargar con un palé de ladrillos por toda la Circunvalación. Dos veces. Creo que sí, que de pequeño también fui un poco trasto -el chiquillo no es malo, es revoltoso, inquieto, que decían las abuelas-. Como los dos protofutbolistas, también debí ser un poco gilipollas. Por suerte, uno crece y puede deshacerse de esa gilipollez como se deshace del acné, del pelo y los abdominales. Aunque se ve que no todos lo consiguen.
¿Puede el paso de los años convertirnos de críos insufribles a venerables ancianos? Mi abuelo apenas me habló de su niñez, así que no tengo ni idea. Tendré que preguntarle al abuelo de las cuerdas la próxima vez que lo vea. Y a los padres de los dos elementos estos, también debería dedicarles unas palabras...


El Pueblo de Albacete, 29 de octubre de 2012

domingo, 21 de octubre de 2012

Exclusivos e imbéciles

Esta semana pasada se me han roto el coche y la fregona. Como siempre que se rompe alguna cosa, lo hace cuando más lo necesitas.
En el caso del coche, no sólo lo necesitaba para mi día a día, sino que, por añadidura, lo que a buen seguro no necesitaba era gastar doscientos euros en la reparación. Doscientos euros pasado el día quince de cada mes es una fortuna que hay que atesorar, distribuir, y gastar con cuidado extremo. Aflojar la gallina delante de un mecánico que tiene aspecto de no haber sudado ni diez minutos delante del coche es, cuanto menos, tan doloroso como una patada en los pendulantes. Y que conste que le estoy enormemente agradecido a este hombre que, como decía el cuento, no se le paga por apretar un tornillo, sino por saber qué tornillo hay que apretar. La explicación que me dio sobre el porqué de tan elevada suma por reemplazar la pieza rota fue que los recambios de esa marca son muy caros, y que, hay que joderse, o se les pone los suyos o nada. Nada de marcas blancas, genéricas, hacendado. Las suyas o nada.
Y yo pienso que hay que joderse. Porque si hay algo que me pone furioso son estas exclusividades de marca que lo único que consiguen es hacerte la vida más difícil, sacarte los cuartos injustificadamente, y que acabes renegando de la maldita marca de por vida. Sucedía hasta hace unos años los cargadores del móvil, hasta que –gracias a Odín- a alguien se le ocurrió obligar a los fabricantes a adoptar el puerto mini USB. Sucede aún con los malditos productos Apple, y sus clavijas y puertos diferentes, que te fuerzan a un matrimonio con ellos de por vida, sin infidelidades, e invirtiendo en ellos periódicamente grandes cantidades de dinero.
¿Pero no habíamos quedado que la economía era global? ¿Que el mundo entero era un gran zoco? ¿Qué demonios pinta entonces aquí un puñetero palo de fregona que sólo admite sus repuestos originales?
Porque ese fue el caso de mi fregona. Menos dramático y proporcionalmente más barato que el arreglo del coche, pero igual de irritante. Solo necesitaba fregar la cocina e irme, ojo, solo fregar e irme a la calle. Pero había que fregar, sí o sí. Para ello contaba con un palo rojo extralargo, un cubo lleno de agua con lejía, y un mocho random. El palo y el mocho se mantuvieron unidos durante los primeros dos minutos y luego se separaron. Estupefacto, tarde un poco en percatarme de que el problema radicaba en que lidiaba con dos chismes incompatibles de marcas distintas. Absurdo. Si hubiera querido una fregona exclusiva, la tendría con el palo de platino y diamantes, forjado en las minas de Moria, con el mocho de hebras de algodón egipcio procesado por la mano de cien vírgenes pelirrojas, y me la hubiera comprado de una tienda de fregonas de alto standing del barrio de Salamanca de Madrid. Pero lo único que quieres cuando te compras una fregona en el supermercado es fregar, e irte a la calle.
El ingenio me sacó momentáneamente del apuro. Dos vueltas de cinta americana y retrasé el divorcio fregotil lo justo para terminar mi cometido, sabedor de que, más pronto que tarde, deberé acudir a por el mocho de marca. Someterte a la política imbécil de una marca comercial, que necesita recurrir a estas argucias barriobajeras para conseguir fidelizar (por la fuerza) a sus clientes. O puede que me deshaga del palo traidor y busque uno universal. Pero eso ya el mes que viene.



El Pueblo de Albacete, 22 de octubre de 2012

domingo, 5 de agosto de 2012

La fotografía digital mató a Deckard


Qué obsesión tiene la gente por llevarse la cámara de fotos a todas partes. Y no lo digo sólo por la que llevan los teléfonos móviles incorporadas, que también, sino las supercámaras digitales que ahora cualquier hijo de vecino se cuelga del cuello en una carísima funda y carga con ella a poco que salga de casa. Cual plaga de langosta, esta nueva especie de personas parece prodigarse más en verano, y da lo mismo que las temperaturas superen los cuarenta grados, o que el lugar en el que estén retratando tenga el mismo interés artístico o histórico que una mierda pinchada en un palo, el caso es que ahí están, por decenas, por cientos, miles, apretando el botón de disparo.
Nunca entendí el valor de la fotografía doméstica. Se me pierde el sentido de para qué quiere conservar la gente una imagen, suya, de sus parientes o del sitio donde ha pasado el fin de semana, para qué inmortalizar tiempos pasados en los que gozabas de menos entradas y más abdominales, de tu primera mujer en la puerta de una catedral en tu viaje de novios, de los amigos a los que ahora solo ves por facebook. Conservar imágenes del pasado solo tiene sentido si eres un Nexus 6 y no lo sabes, o padeces problemas de memoria.
La técnica es la culpable. Ahora todo el mundo se cree un as de la fotografía por culpa de las cámaras digitales, que han simplificado y abaratado las máquinas. El problema es que, por mucha reflex de Mediamark que gastes, para esto de la fotografía, como en la música, hay que tener talento, y lo mismo que para una no basta con saberse cuatro notas y tres acordes, para la otra se requiere de algo más que saber poner el autoenfoque, el flash automático y el filtro de ojos rojos. Para colmo, al reemplazar los carretes por tarjetas de memoria de tropecientas gigas que te permiten hacer medio millón de fotos a máxima resolución sin esfuerzo, por la fuerza de la estadística alguna buena captura habrá entre 500 fotos del mismo sitio. Como en el grosero chiste del cazador con párkinson, logras matar al pato porque en realidad apuntas a todas partes a la vez. Como encima tirar la foto sale gratis, pues nadie se corta un pelo a la hora de apretar el disparador. Esto con los carretes esto no pasaba. Cuando revelar treinta y seis fotos te costaba casi mil duros -pero que frase más vieja- ya mirabas por que no saliera nadie movido.
Pero si hay un responsable máximo de la fiebre fotográfica ese es el maldito Photoshop. Este programa, herramienta imprescindible y cuasi perfecta del retoque fotográfico, también es la culpable de que millones de giliflautas con sus megacámaras hinchadas de megapíxeles inunden sus vidas y las nuestras de imágenes banales, insulsas y prescindibles, retocadas para aparentar todo lo contrario. La magia del Photoshop es que con apenas cuatro nociones y tres tutoriales de filtros, un tipo que no sabe lo que es mandar un mail con copia oculta, se crea el Dios de la Informática al convertir cualquier foto mediocre de sus vacaciones en una postal del National Geographic. O casi.
Tema aparte son los móviles con sus supercámaras y sus superaplicaciones, donde se mezclan los dos conceptos anteriores en un solo enunciado: cualquiera puede ser un fotógrafo profesional. Una afirmación estúpida, que se acercaría más a la realidad reemplazando el “ser” por “parecer”. En realidad, con estos chismes, la labor humana se reduce a apretar el botón o la pantalla de turno. Al simplificar tanto las cosas, al ponerlas a prueba de tontos, lo único que se consigue es idiotizarse, deshumanizarse. Convertirse en un robot.
Desde un punto de vista mundano, estas fotos son tan efímeras como un pedo en un huracán, así que no sirven para nada. Mi señora madre tiene en su casa las fotos de sus padres y abuelos, las de su boda, las de las comuniones de sus hijos. Y una con Bono. Todas ellas fruto del siglo XX. Pero cuántas de las digitales tienes puestas tú. Salvo que seas un hortera sin principios morales y/o un psicópata de esos que poseen un mal llamado “marco digital”, lo normal es que, como mucho, te hayas hecho imprimir alguna de las primeras fotos que hiciste, las más bonitas, en tamaño gigante, las hayas llevado a enmarcar y las hayas colgado por casa para fardar ante las visitas. Pero cuando echas cuenta de lo que te ha costado la broma, no repites. Y así, vas acumulando en los discos duros imágenes de tus vacaciones, tus viajes, las cenas de navidad, las borracheras insospechadas... El documento gráfico de una vida que, de tan retratada, pierde todo interés.
¿Qué sentido tiene entonces toda esta vorágine de millones de imágenes capturadas por segundo? ¿Cuál es la intención? ¿Qué se reivindica, qué se pretende? A un nivel introspectivo, diría que dar fe de que se es, de que se está. Aportar pruebas gráficas de la propia existencia en un mundo que se mueve tan rápido que, todo lo que se queda quieto un instante, se convierte en un borrón.



El Pueblo de Albacete, 6 de agosto de 2012

domingo, 8 de julio de 2012

Otros tres chispazos


Uno. Estaba el otro día en el bar –un hecho más que insólito por más que los malpensados crean lo contrario-, y mientras me tomaba un café cortado con hielo pude escuchar el saludo entre dos ancianos que se cruzaron por delante de las mesas. Tras los saludos de rigor, comenzaron a intercambiar achaques, en un duelo pokemon de a ver quién tenía el mal más interesante. Sin embargo, después de unos minutos la información más relevante que se desprendió de su conversación, y así lo quisimos entender tanto el otro tipo que estaba en la terraza y yo, fue su edad: 91 y 94 años tenían los dos amigos. Cuando se marcharon, cada uno por su lado, el otro fulano de la terraza levantó la vista de su móvil, me hizo una especie de guiño y me dijo. “Este es el problema de este país, que no se muere ni Dios”. Y siguió a lo suyo.
Dos. Por lo visto, y perdonen aquí mi desconocimiento, existe una ley no escrita sobre los objetos decorativos que te regala la familia para la casa, y es que estás obligado a ponerlos aunque sean más feos que un tiro mierda en un escaparate de Lladró. Es decir, que si tu tía o tu suegra –por decir dos- se presentan una tarde en tu hogar con un jarrón de porcelana o un perro de escayola, estás obligado a hacerles un hueco en la estantería, aún a costa de sacrificar un preciado espacio que bien se podía llenar con libros, tebeos, unas temporadas en dvd de Mad men o Sobrenatural, o con unas estupendas figuricas de acción. Claro, a más parientes, más chismes absurdos que destrozan tu entorno hogareño. Esta ley sólo funciona con la familia. Lo que los amigos te regalen, aunque te encante, o precisamente por ello, suele quedar relegado a una caja de cartón en el trastero, o la siniestra leja más alta, lejos de todas las miradas. Hace poco averigüé la solución a esta norma: la única forma de librarse de estos chismes de mierda es que se rompan. Y, esto lo descubrí hace aún menos tiempo, la mejor forma de que el adorno se rompa sin levantar sospechas –porque la familia es muy susceptible- es que se lo cargue un amigo más bien torpe. Esta adenda me hace sospechar de todas las veces que me han invitado mis amigos a sus pisos y me he topado con extravagantes chichis decorativos en sospechosa trayectoria de colisión, o me han sentado demasiado cerca de ornamentos en frágil equilibrio.
Tres. Entre que te dejen niños, perros y bicicletas, me quedo con la tercera opción. He comprobado que los dos primeros, al ser bestias parcialmente autónomas, dependen de un adulto para su supervisión, que ha de ser cuasi constante. Hay que alimentarlos, limpiar sus desechos, limpiarlos a ellos, mantenerlos a raya cuando se interrelacionan con otros individuos de su misma especie... No sólo eso, sino que estos animalicos exigen una importante cuota de atención por tu parte; necesitan que les hables, que los acaricies, y hasta que les riñas. Lo más peligroso, y agotador es cuando se apodera de ellos el instinto primitivo y te la lían en un segundo. Ponen a prueba a diario tu tolerancia de estrés. He de suponer que los padres y/o los dueños soportan esta carga debido a los lazos afectivos directos que existen entre unos y otros. Y estoy seguro de que además lo hacen con gusto. Pero para el resto de personas, cuyas relaciones son más tangenciales a los padres, biológicos y metafóricos, la cosa es radicalmente distinta. Por mucha ilusión y empeño que pongas en el asunto, la responsabilidad y el ajetreo porculizador acaban por sobrepasarte en cuestión de horas. Las bicicletas, en cambio, apenas dan problemas y al final, siempre saben hacerse querer.



El Pueblo de Albacete, 9 de julio de 2012

domingo, 6 de mayo de 2012

Rabia frente a la Idiocracia

De 2006 data la película Idiocrazy, un filme de culto que apenas tuvo repercusión en los EEUU y que creo no llegó a estrenarse en España. Por suerte, en internet disponemos de medios para poder ver esta comedia de pedos cuya premisa de partida es la siguiente: los dos voluntarios de un programa de hibernación humana que falla despiertan por error en el año 2505, donde la especie ha sufrido una regresión intelectual con el resultado de que estos dos personajes, un soldado raso y una prostituta, son las personas más listas del planeta. A partir de aquí surgen las disparatadas escenas cómicas de trazo grueso que caracterizan a la cinta.
Más allá del reírse de lo tontos que seremos en el futuro, lo interesante es comprobar cómo sería un mundo gobernado por gilipollas declarados, dado que no estamos tan lejos de ello. Quizás no haya que esperar cinco siglos de bombardeo publicitario, de destrozo educativo, de políticas económicas del Gordo y el Flaco, de transplantes de personalidad vía wifi, en definitiva, de dejar que nos conviertan en tontos del haba a base de lijarnos el carácter, ya sea por las buenas, mediante esos tanques de inmersión cultural con pantalla LCD que llevamos hasta en las ingles, o por las malas, gracias a nuevas leyes de viejas porras represoras, prohibición de rascarse el culo, y multas al canto.
Esto lo estamos viendo y viviendo ya. Los poderosos nivelan el campo a su imagen y semejanza, pues, bajando el listón de nuestra inteligencia, de nuestra capacidad crítica, en un baile del limbo que está trucado, para permitirles a ellos pasar por encima sin problemas, aupados en sus zancos hechos de fajos de billetes, porque, de lo contrario, les morderíamos las partes innobles y rodarían cabezas, como bien cuentan los libros de Historia preLogse. Lo que ocurre es que, uno, tanto va el cántaro a la fuente que al final va solo, dos, la tontería es más peligrosamente contagiosa que cualquier virus zombi, y tres, al final, seremos iguales al fin. Tontus tuus.
Dicen que se es más feliz siendo un idiota. No lo tengo claro. Más bien creo que es despreocupación pura, que es el estado natural de una piedra. Y no sé ustedes, pero ese no es un plan que me emocione. Meditando la cuestión, creo que todavía hay opciones de salvarse del cataclismo agelipollador. Sólo hace falta una chispa de rabia, de inconformismo, de ganas de aprender, comprender y criticar, de moverse una miaja contra la corriente de la idiotez. Rabia es la sangre que hierve por conseguir las metas de nuestra imaginación, que cantaba Reincidentes. El clavo ardiendo al que aferrarnos en esta perenne cena de los idiotas.
Eso, o dejar que se nos caiga la baba.


El Pueblo de Albacete, 6 de mayo de 2012

lunes, 23 de abril de 2012

Charles Manson

A fecha de hoy, Charlie sigue vivo. Es un abuelo de 77 años, larga y astrosa barba y gesto derrotado. Nada hay en su rostro ahora que recuerde el retrato de la famosa portada de Life; hasta la legendaria fuerza hipnótica de sus ojos ha desaparecido después de más de cuarenta años de cárcel. El pasado 11 de abril se desestimó por duodécima vez su petición de libertad condicional, y en la próxima cita, ya en 2027, volverá a fracasar si el reo sigue vivo. El tribunal de California se justificó de nuevo alegando que Manson sigue representando un peligro irracional para otras personas y podría dañar a cualquiera que mantenga contacto con él. O lo que es lo mismo, aún le tienen miedo.
Pero ¿tienen razón en temerle?
Sobre la figura mítica de Manson se ha volcado tanta bazofia que es casi imposible saber qué es real y qué ficción, y el mismo Charles no ha ayudado demasiado a aclararlo. Como hiciera Aleister Crowley, Manson ha usado los apelativos de El Hijo del Hombre (Man'Son), el Anticristo, Cristo, Jesús y Satán; se ha grabado a cuchillo en la frente cruces y esvásticas; igual habla de ecología que de su admiración por Hitler, y todo para, cuando le ha interesado, escandalizar y atraer sobre su figura a los medios de comunicación y propagar su mensaje.
Los crímenes de Cielo Drive fueron el 11-S de toda una generación de norteamericanos. Marcó el final de una era, la de Acuario, la muerte del espíritu de los sesenta, el tiro en la nuca que remató para siempre la revolución del amor. Quizá no le perdonen por eso. La Familia Manson demostró que los famosos de Hollywood, la nobleza americana, también eran vulnerables, asesinables. Ya no hacía falta ir hasta Camboya para ver norteamericanos hechos pedazos, ahora también los había en la zona rica de Los Ángeles. Nadie estaba a salvo de la violencia sin sentido.
Fue un hecho sin precedentes, y de hecho, irrepetible. Los atentados terroristas de Oklahoma (en 1995) o del 11-S causaron una profunda conmoción en la sociedad norteamericana, pero su «justificación» política le dio a la ciudadanía una cierta tranquilidad moral y un enemigo en el que centrarse. Pero en el caso de los asesinatos de Sharon Tate, Jay Sebring, Abigail Folger y Wojciech Frykowski, no tenían —en principio— un trasfondo comprensible para los ciudadanos de pro. Como en la masacre de Columbine, eran su propia gente, sus vecinos, los que les atacaban con una furia desmedida, y esto los traumatizó. Nótese mi intencionalidad al separar a estas cuatro (cinco, con el hijo nonato de Tate-Polansky) víctimas, de Steven Parent y el matrimonio LaBianca, pues son los de Cielo Drive, los famosos, los que convirtieron a Manson en leyenda viva, en un hombre condenado por conspiración y asesinato sin haber matado a nadie, en el Anticristo Americano.
Eso sí, en cuanto cogieron a los culpables, las hipótesis e interpretaciones se dispararon, y todavía hoy lo hacen, hasta el absurdo. Y más aún cuando comenzaron a conocerse los detalles escandalosos sobre la vida y el credo de la Familia. Sexo, satanismo, drogas, esvásticas y The Beatles, juntos en un cóctel demasiado fuerte de asimilar, demasiado confuso, en buena parte por obra y gracia del propio Manson. Todos ellos eran basura blanca, marginados, provenientes de familias desestructuradas, pero con un universo propio tan incomprensible para el resto que resultaba doloroso.
Tampoco tiene desperdicio la otra cara de la moneda, las teorías conspiranoicas que se entretienen en tejer vínculos entre los personajes, en buscar paralelismos, explotar las coincidencias, y hallar nexos tan traídos por los pelos que resultan ridículos las más de las veces.
Y, como en cualquier aspecto que tenga relación con el credo de la gente, aparecen además los aspectos sobrenaturales del caso: la brujería, el satanismo, los poderes de Manson, los rituales, el vampirismo… Todo tiene cabida aquí, todo sirve para dilucidar lo inexplicable y tranquilizar las conciencias de quienes ven la mano de Dios y del Diablo en cada lance de la vida. Charlie Manson se condenó el mismo día que se denominó públicamente como Satán en una nación donde Dios sale mencionado en los billetes.
En el documental Charles Manson Superstar (1989), se habla de Manson como un hombre que ya no existe, disuelto por el mito, absorbido por la cultura popular como Elvis, como el Che Guevara. Charlie se ha convertido en una marca registrada, desprovisto de significado para las nuevas generaciones. Marilyn Manson, Guns N´ Roses y decenas de grupos de metal pseudo satánicos lo usan en sus temas, en su imagen de «chicos malos». Manson tiene sus propias páginas web, blogs y redes sociales, por obra y gracia de su legión de fans.
Manson y los crímenes de su Familia, tan lejanos hoy, despiertan nuestro morbo e interés, pero no nos asustan. Al menos, no hasta que le dedicamos al caso una profunda reflexión, entonces, es probable que nos recorra un escalofrío por todo el cuerpo y veamos en los ojos de ese vejete la locura, el odio y el peligro, y quizá, hasta le demos la razón al tribunal de California.



El Pueblo de Albacete, 22 de abril de 2012

domingo, 29 de enero de 2012

El Profesor Poopsnagle

La nostalgia, que en el fondo es otro modo de llamar a la mala memoria, nos juega malas pasadas. Creemos añorar algo del pasado no per se, sino por lo que representa, que suele ser, sobre todo, un yo más joven y con problemas más sencillos. Basta echar un vistazo ahora a aquello que nos empeñamos en malrecordar, para comprobar cómo nuestras expectativas caen a ras de suelo, y lo que en nuestra mente era bonito o entrañable, en realidad es un truño de proporciones bíblicas. El fenómeno de la nostalgia, explotado en esta década hasta la extenuación, y dado que el presente está bien jodido y el futuro pinta más negro que el sobaco de un grillo, nos está haciendo echar la vista atrás en busca de ese tiempo pasado que fue mejor. Así que están volviendo a nuestras vidas zurullos de los que ya creíamos que nos habíamos desecho, pero ahora recuperados, edulcorados y rediseñados para volver a hacernos pasar por caja, bajo aquel bonito principio mercantil de pagar dos veces por lo mismo.
Considérese todo este prólogo como una advertencia ante lo que viene a continuación, y que se resume en una sola frase: El profesor Poopsnagle y su autobús volador eran una mierda. Insisto en que no se dejen engañar por sus recuerdos de la infancia, por la dicharachera cancioncilla del bum-bum-chaca-chaca-bumbum. La cosa era un ñordo tal que haría vomitar al mismísimo Cthulhu.
Hagamos primero un somero repaso a la historia de esta serie para oligofrénicos que nos metieron cuando éramos críos, los de mi quinta.
La serie El profesor Poopsnagle y el secreto de las salamandras de oro empezó a emitirse en España en 1987 los sábados por la tarde. No contentos con esto, se volvió a emitir en 1991, y en 1992. Si les parecen muchas veces, sepan que en Reino Unido también tuvo tres pases, 1987, 1990 y 1998, y se la considera una serie de culto.
La cosa era una de esas extrañas coproducciones de los ochenta (1984), en las que se juntaban ocho o diez televisiones nacionales y se sacaban de la manga series para los nenes como Érase una vez… lo que fuera, Pumuki o La tía de Frankenstein. En este caso, Australia era la productora madre a la que se unió, entre otras, nuestra TVE. El profesor Poopsnagle era un spin-off de la serie El valle secreto (1980), ya que aparecían los personajes de aquella serie. Tiene guasa lo del remake porque El valle secreto fue un fracaso comercial en el Reino Unido. Es de suponer que no fue así en el resto de países coproductores y de ahí nació la casi inmediata secuela. El valle secreto iba de un campamento de verano y de sus insoportables y buenrollistas niños que luchaban cual indignados del 15M contra los especuladores y otra banda de zagales malvados, que querían cerrar el tinglado, y construir un macrocasino en Alcorcón o algo así.
El Profesor Poopsnagle… continuaba con las tramas ecocomunistas y los niños pelmas y multirraciales tal que así: el Doctor García -la aportación española resumida en José María Caffarel- decide irse en globo a Australia tras el cierre de Spanair, para encontrarse con su socio, el Profesor Poopsnagle, que ha inventado una fórmula que podría detener la polución del aire. Pero el profesor es secuestrado por el malvado conde Sator, ay, la nobleza, y sus esbirros.
Tras la desaparición de Poopsnagle, que encima es el abuelo de uno de los chicos de Valle Secreto, los críos ayudan a García a tunear su globo como una especie de autobús rojo pegado a un globo aerostático a vapor (el Megavapor). De esta manera comienza su búsqueda, a lo Código Da Vinci, para encontrar seis salamandras de oro, cada una de las cuales contiene el nombre de un mineral para la fórmula secreta. Criptografía pura.
Pues ya está. Luego son todo dar vueltas con el autobús volador, encuentra la salamandra, descifra la clave, ve a por otra salamandra, y bum-chaca-chaca-bumbum. Entre medias, las zancadillas del malo por boicotear el asunto, espiando y puteando al personal, con más gafe que fortuna. Ahí lo tienen. Si leído no parece gran cosa, visto es infumable. Interpretaciones de pena, efectos chuscos, diálogos dignos de una serie española, malos de opereta…
Y, lo peor de todo, que nos estamos comiendo su remake indirecto desde hace un año, pues qué es El barco de Antena 3 si no una variante marítima, musculada y patrocinada, como corresponde a un producto de nuestra época, del puñetero autobús volador. E igual de simple y estúpida.

 El Pueblo de Albacete, 29 de enero de 2012

domingo, 30 de octubre de 2011

El duelo

 El Rubio se plantó frente a mí sin decir una palabra. Hizo crujir sus nudillos muy despacio a modo de saludo. De desafío. Movió el cuello, produciendo un sonoro chasquido de sus cervicales. Así era él, usaba toda su anatomía para intimidar en las distancias cortas, pero dado que esta no era demasiado impresionante, recurría al truco sucio del restallido de las articulaciones. Un ensayado ademán de superioridad.
Una pequeña racha de viento levantó el polvo del suelo y arrastró algunos hierbajos. Una mosca se posó en el hombro de la mujer –siempre hay una mujer-, que se mordía el labio inferior. Hubiera preferido que lo hiciera más por nerviosismo que por aburrimiento. A fin de cuentas, si El Rubio y yo estábamos ahí plantados era en parte culpa suya. Ella se mantenía apoyada en el umbral de la entrada a la casa, aguardando el desenlace del duelo, en tanto el fresco del interior mantenía a raya las gotas de sudor en su tostada piel. Cruzaba los brazos, enmarcando con ellos su generoso escote, escote para el que, en ese momento, no teníamos ojos.
En este mediodía de verano, nuestras sombras habían desaparecido bajo los pies y en la piel sentíamos la mordida del sol. A lo lejos se escuchaba el murmullo de otras gentes que vivían felices ajenas a nuestros problemas y a nuestras formas de resolverlos. El Rubio y yo permanecíamos como estatuas de sal, completamente abstraídos del entorno, con las pupilas clavadas en los abismos oculares del otro.
Aquello era estúpido, pero inevitable. Y no se puede luchar contra lo inevitable. Los dos teníamos nuestras pistolas, enfundadas en nuestras cartucheras hechas a medida. Estaban cargadas con seis proyectiles aunque sólo íbamos a necesitar uno: el primero y el último. Velocidad o puntería. El dominio de estos conceptos inclinaría la balanza hacía uno u otro lado. Todos los sentimientos que hasta hacía un momento andaban bullendo en las cabezas se habían diluido en cuestión de segundos: la ira inicial, el orgullo herido, la vergüenza, la venganza… Entre El Rubio y yo ya no quedaba nada de eso, salvo un cierto miedo.
-Cuando acabe la música, dispara, si puedes -dije, y le hice un gesto a ella para que cogiera el móvil y pusiera la canción. Por supuesto, había elegido Carillon, el tema del duelo final de La muerte tenía un precio.
El tono comenzó a sonar.
Aquello, más que estúpido, era ridículo. Una gilipollez. Estábamos los dos, los tres en realidad, ahí, listos para partirnos el alma al primer tiro. Sólo que aquello no era la calle mayor de Tombstone, sino la parcela del Rubio; este no era Clint Eastwood, sino mi amigo; ella no era Claudia Cardinale, sino su novia. Y las armas en lugar de Colt Peacemakers eran dos N-Strike Maverick de simple acción cargados con seis balas de esponja. No recuerdo el origen de la discusión, lo que nos llevó a aquello, algo que dijo ella, seguro, y que él se vio obligado a defender en la calle, mientras el resto de colegas seguían dentro de la casa preparando la paella y bebiendo sin parar. En realidad, daba lo mismo, habíamos ido demasiado lejos y, poseídos por el espíritu de Sergio Leone, teníamos que llegar hasta el final.
Sonaba el reloj de Morricone, en la versión larga de casi seis minutos. Los dos minialtavoces del teléfono desgranaban las notas épicas del italiano, haciendo que la respiración y hasta los latidos se acompasaran al ritmo de la melodía.
Gotas de sudor comenzaron a correr por mi columna vertebral, axilas y palmas de las manos.
El solo de trompeta secó mi garganta. Los dedos se abrían y cerraban espásticos sobre la culata del arma de plástico amarillo, sin atreverse a tocarla.
Hasta la mujer se conmovió, por fin, por la tensión electrizante que nos embargaba.
Rl carrillón del reloj iba más y más despacio.
No respirábamos, el corazón no bombeaba sangre, sólo esperábamos la última nota. Y entonces... desenfundar, amartillar la Nerf y disparar.
El proyectil surcó el aire dejando atrás el sonido del resorte. Un instante después siete centímetros de gomaespuma gris golpearon el pecho de El Rubio y rebotaron hacia un lado, mientras su disparo se perdía por mi derecha. Soltó una maldición. Su novia se dio la vuelta y nos insultó por lo bajo, y desde dentro nos reclamaron para poner la mesa. Aunque los dos volvimos tan amigos, en mi mente él había caído fulminado, sobre el suelo polvoriento, y por eso yo sonreía como Henry Fonda.


El Pueblo de Albacete, 30 de octubre de 2011

domingo, 16 de octubre de 2011

El Síndrome de House

Ser borde mola (it’s so cool!). Es una moda que empezó hace unos años y que no tiene pinta de que vaya a acabarse. Hay quien lo llama el Síndrome House, por el personaje de la tele, o el Risto Mode, por el otro tipo televisivo de las gafas. El caso es que de la pantalla dio el salto a la calle y ahora se lleva y se practica mucho esa manera de faltar al personal, de vacilarle con una mezcla de socarronería, ironía, mala leche y superioridad.
El principal problema que le veo yo a esta actitud radica en que no estamos en un programa o en una teleserie.
Entiendo que a los habitantes del siglo XXI le cueste más discernir la realidad de la ficción, no sé si por culpa de haber colectivizado las cámaras y las pantallas, por estar así permanentemente enfocado, retratado y grabado para la posteridad del facebook o el youtube, viviendo nuestro propio reality a propósito (y no de forma inconsciente como el bueno de Truman). En este maremagnum de telerrealidades entrelazadas en la que se ha convertido nuestra existencia, la autoestima y la personalidad se ven subordinadas a la imagen que ofrecemos al resto de los demás. Nos hemos diluido como personas para pasar a ser personajes, actores que escriben e interpretan sus propias líneas de diálogo, y luego corrigen y reescriben el papel si la respuesta del público no convence, si la crítica no es buena.
Con este panorama, lo que casi todos se les escapa es que, a pesar de lo que nos diga la tele y el cine español, para ser actor o guionista hay que saber. Y estudiar, mucho. Y que cuando no hay un director en la función –los roleros lo tienen claro-, esta se va a la mierda. Y que se necesita una escenografía ad hoc para darle empaque. Joder, y un millón de cosas más. Así pues, sin método, ni marcas, ni consciencia objetiva sobre nuestra personalidad -porque antes para saber cómo somos en verdad, vistos desde fuera, preguntabas a los íntimos, y ahora te juzgas tú mismo por lo que ves en el monitor y los comentarios de internet-, ni pollas en vinagre, acudes al plagio, a emular los arquetipos molones que ofrece la pantalla, figuras más o menos bien construidas por todo un equipo de escritores y asesores de imagen.
En este punto está la mayoría, creyéndose los Al Pacinos del barrio, cuando ya ni siquiera Al Pacino es Al Pacino, viviendo en la constante imitación, tan falsos como un chándal Abidas. Y descontextualizados dentro del duplicado, porque House tiene gracia en el Princeton-Plainsboro, pero no la tendría en el Perpetuo Socorro, igual que gusta ver a Dexter matando en Miami, pero otro gallo te cantaría si te esperase en el Altozano; y si os digo la verdad, no me imagino a Bernie Stinson trabajándose el esparto en la Zona, sin que al final acabara recibiendo una manita de hostias en las inmediaciones de Villacerrada.
Aún así, está ocurriendo, los clones están ahí fuera, con otras caras, en otros decorados, haciendo el gilipollas, poniéndose bordes como House, pero sin cojera, sin moto, sin Cuddy, y sin el límite de 45 minutos por episodio. Porque esa es otra, ni siquiera Goyo se aguantaría a sí mismo más de una hora, pero los imitadores lo son a tiempo completo, aferrados al clavo ardiendo del personaje de moda, ignorando aquello de que lo poco agrada y lo mucho cansa.
Y lo que es peor, somos los demás quienes los sufrimos y salimos perjudicados por estos tontacos de lo cool, tan vacíos de personalidad como el personaje de Eliza Dushku en Dollhouse. Nosotros, que no tenemos culpa, tenemos que apechugar con estos cansinos personajes que piden a gritos un mando a distancia con el que cambiar de identidad, o una somanta palos que los espabile.


El Pueblo de Albacete, 16 de octubre de 2011

domingo, 3 de julio de 2011

Gilipollas por el balcón (Sesenta mil satanases, 69)

No descubro nada si digo que en el mundo hay más gilipollas que personas. Y el verano, en el que ya llevamos metidos unas semanas, es una época propensa a la proliferación de estos subindividuos y sus extraordinarias proezas, que llenan minutos de telediario junto a las tradicionales historias del mono que fuma y la nada nadea futbolística.
De entre tanto soplagaitas que circula por ahí, los que más me llaman la atención son los importados, esos turistas que acuden a nuestro país a liarla parda a cambio de cuatro euros mal gastados, con el beneplácito de las autoridades locales. Recorrer dos mil kilómetros para ponerse ciego de cerveza y kalimocho y acabar vomitando en un paseo marítimo noche tras noche me parece del género tonto; para esta gente no sé como a nadie en sus países de origen se les ha ocurrido construir un botellódromo cubierto, con ambiente tipical-ispanis, para satisfacer esta demanda. Si en Madrid hemos podido levantar una pista de esquí en un centro comercial, en Berlín o en Londres no puede costarles tanto recrear parte de Benidorm o Mallorca.
Lo cierto es que un gilipollas no necesita ponerse ciegos para quedar en evidencia, el alcohol y las drogas no son más que acelerantes de la propia insensatez, por ello en estos casos, más que un atenuante, los jueces y fiscales deberían considerarlo un agravante a la hora de su inevitable, más tarde o más temprano, paso por los tribunales. Y quizá por ello tampoco halla que lamentarse cuando, en un ejercicio de extrema idiotez, ponen en juego su vida saltando por los balcones.
El balconing es una moda que me hace mucha gracia. Es el mayor acto de gilipollez extrema que he visto nunca. Estoy seguro de se practica más de lo que vemos, y que las más de las veces acaba bien, lo que no quita para que el practicante sea menos idiota. Pero, y lo siento de veras por sus familias, que un joven –y estamos hablando de tipos de hasta 30 años- pretenda emular a Spiderman, brincando de un balcón a otro, o de éste a la piscina del hotel, y acabe con los sesos desparramados por el suelo, no es excusable ni defendible.
Conozco a una persona que se rompió un tobillo al bajar el bordillo de la acera. Tuvo mala suerte, pisó mal y se quedó sin vacaciones. La moraleja es que tienes que andar con cuidado. Y que no hay altura pequeña. Cuando tenía catorce años bajar a saltos de la plaza de La Mancha sin tocar un escalón. Ahora no me gustaría ni tirarme de lo alto de una silla. Y por supuesto, ni me ocurriría asomarme al balcón yendo como un orujo. Pero en el caso de alguien más joven, más ágil y, sobre todo, más gilipollas, estas obviedades desaparecen y es cuando saltar desde un segundo piso, unos seis metros de altura, a la calle, o a la piscina, que está a otros tantos metros en horizontal, parece algo inocuo y divertido. Hasta que aterrizas de cabeza, claro. Porque la física no entiende de drogas ni de mentecatos.
Lo dicho, pura gilipollez. Baleares se lleva la palma; según la prensa el año pasado hubo hasta 30 incidentes de este tipo, con seis muertos, y aunque en ocasiones es difícil saber diferenciar la imprudencia gilipollesca del accidente mortal –un resbalón lo tiene cualquiera-, no quita para que este año vuelvan a repetirse los saltos y las defunciones. Porque por mucha prevención y mucha multa que haya, a menos que tapien los balcones, los tontacos, en lugar de contentarse con el sex, sun and sand, seguirán intentando volar. O quién sabe, lo mismo sale otra moda nueva que sustituya a esta, como taladrarse la nariz con una broca del 9, electrocución genital con la lamparita de la mesilla de noche, o puenting con soga de esparto… Con esta gente nunca se sabe.

domingo, 12 de junio de 2011

Pequeñas cosas cabreantes (Sesenta mil satanases, 66)

Todos sufrimos por pequeñas cosas que nos hacen pasar de un estado de mediana indiferencia al cabreo más absoluto. Son esas cosas que nos molestan casi siempre, que nos tocan las narices hasta el punto de obrar el milagro de la transformación de Jeckyll a Hyde en décimas de segundo. Esas manías que rozan lo patológico y que perjudican principalmente al que las sufre, y en segundo término, pero no menos importante, a su entorno más cercano, que debe hacer efectiva toda su capacidad de empatía –que no disculpa- para no acabar descalabrando al interfecto con un cenicero, por ejemplo. A fin de cuentas, nadie se libra de ellas, forman parte de nuestra personalidad, ea, que no sólo de amor y buenrollismo vive el hombre.
El caso es que uno piensa que es un ser humano normal hasta que se plantea elaborar una lista con todas esas cosas que nos sacan de quicio, y entonces descubre que sí, que es un ser humano normal, pero más cascarrabias que un abuelo en la parada del autobús. Así, a bote pronto, tengo en mi haber unas cuantas manías que paso a compartir con vosotros.
Por ejemplo, en lo gastronómico, donde se suele confundir lo que nos molesta con lo que directamente nos es repulsivo e incomible, puedo decir que no me gusta la Cruzcampo, y me molesta mucho que no haya otro tipo de cerveza para elegir. Pero me la bebo. Tampoco es de mi agrado la mermelada ridícula que le echan al queso frito. Esa especie de menstruación coagulada de arándanos, de tomate, o yo qué sé elimina todo el sabor del queso, así que ¿cuándo surgió esta moda y por qué? Pero lo que más me molesta de todo es ese hilillo de líquido oscuro zigzagueante en un plato gigante con cuatro trozos diminutos de comida en el centro. Si ya es del género tonto adornar todo lo de la carta con el chorrillo, si encima éste abulta más que la comida, lo se que merece es que a la hora de pagar chorrees un billete de cinco euros con la reducción esa. Toma la cuenta reconstruida, listo.
De todos los tipos de camareros que hay, ni soporto ni a los que te cansinean con el vino, ni, mucho peor, a los que se pasan de chistosos, que yo he venido a comer no al Club del Chiste. Mas te valdría traerme el pan y la cuenta cuando te lo pido, y no perderte entonces entre la cocina y la calle, con un cigarro.
En los centros comerciales y grandes almacenes sufro en relativo silencio que me acosen los dependientes. Si quiero o necesito algo, ya te avisaré, aunque entonces seguro que te harás el despistado… Tampoco que gusta que me miren en estos sitios como si fuera un parásito social solo porque no he entrado con traje y gomina.
En el cine,  maldigo hasta tres generaciones a aquellos que comen patatas fritas en el cine. No me gusta, pero tolero, el tema de las palomitas y la cocacola, pero… patatas fritas, o bocadillos, y hasta tápers he visto, para eso vete a La Pulgosa a merendar. Será la moda de los gastro-cines… Por supuesto, habrá muerte y condenación eterna para quienes se meten en las salas con el móvil encendido, y se ponen a mensajearse a media película. Sé de un sitio donde podría guardárselo de una patada.
Y es que los malos hábitos de los demás es una fuente inagotable de ira. A esos que vocean en los bares habría que arrojarlos al Canal de María Cristina, por donde va cargadico de aguas fecales, con unos zapatos de cemento; aunque mucha culpa del jaleo la tienen los propios dueños de los locales, por poner el canal latino a todo volumen. Quería echarme un café, no una experiencia dolby surround 7.0 de reggaeton, gracias.
Firmaría con alegría las condenas al paredón para esos otros espabilados que aparcan en doble fila para hablar por el móvil, o bajarse del coche para ir al cajero automático. Si tuviera un Hummer, en Albacete habría muchos menos de estos tipos. Garantizaría fusilamiento sumarísimo asimismo para los que llevan el móvil por la calle como si fueran un gangsta del Bronx. Tengo que decirte una cosa, amigo, no eres guay. Eres tonto. Y molestas. Como los que llevan la radio del coche a todo trapo. Gracias por compartir tu música con los demás, en serio, pero no te molestes. Vete a una era a darle por saco a los grillos con tu subwoofer.
Y aún hay más. Odio hacer cola, para entrar, para pagar, para lo que sea. Es superior a mis fuerzas tener gente de pie parada delante y detrás. Y ya puestos, también a los lados. Por eso no voy a conciertos. Odio que me graben en vídeo. Los programas de ordenador que se caducan a los cuatro días, las señoras que se cuelan en el médico con la historia de que “es sólo un momentito”, que llamen novelas gráficas a los cómics, que en el Mercadona me cobren las bolsas...
Y ya si nos metemos en temas serios, en los grandes temas, como la política, la educación, las tarifas de Vodafone..., ni te cuento.

El Pueblo de Albacete, 12 de junio de 2011

domingo, 15 de mayo de 2011

Andamos como Mike (Sesenta mil satanases, 62)

En estos tiempos que corren en los que parece haber tras de uno una legión de timadores dispuestos a metértela doblá, conviene recordar el caso, famoso y cuasi legendario, del gallo Mike. Real y verídico como la vida misma, ahí -me refiero a internet- están los datos para el que lo quiera corroborar.
El gallo Mike era un fraude, eso salta a la vista para cualquier persona con dos dedos de frente, sin embargo, quien quiso creer creyó, y así se hizo posible este milagro del medio oeste americano donde, sí, amigos, este pollo ha pasado a la historia de la frikez, o la estupidez humana, por ser el único animal que ha vivido más de un año, exactamente 18 meses, sin cabeza.
Contengan los chistes respecto a esa persona que todos conocemos y que seguramente lleve viviendo sin cabeza, al menos sin usarla, mucho más tiempo que nuestro pájaro y déjeme que le asombre con la historia. ¿Cómo se originó tal prodigio? Pues parece ser que al buen señor Lloyd Olsen, granjero de profesión en Colorado, un buen día de 1945, se le antojó pollo para cenar, así que cogió el hacha, cogió el pollo, y cortó, y como cuentan las abuelas, Mike salió corriendo como ídem sin cabeza, dejando patidifuso a Mr Olsen,que por lo visto decidió que esa noche mejor se tomaba un vaso de leche y a acostar.
Al día siguiente, Olsen vio con incredulidad, la misma que usted y yo, que Mike seguía vivo. Y si seguía vivo, podía pasar de pollo a gallina de los huevos de oro. Esperó
una semana a ver si el animal terminaba de pelechar o no, semana en la que, según su propio testimonio, lo alimentó con un embudo. Como Mike no decía ni pío, pero tampoco hincaba el pico, lo llevó a Salt Lake City para que fuera estudiado por los científicos de la Universidad de Utah.
Estos científi cos, o bien eran unos cachondos, o unos ceporros, o nunca vieron al pollo en cuestión, porque la conclusión “científica” que daba después Olsen para justifi car
que el descabezado seguía en pie era que el hachazo había dejado intacta la yugular, parte del cerebro y un oído. No fue un buen golpe, por lo que se ve.
Como el bicho aguantaba, decapitado, pero vivo, fue convenientemente engordado -dicen las crónicas que pesaba 3,5 kilos- y, dado que todavía no existía Telecinco, se convirtió en atracción de feria. Por un cuarto de dólar podías ver al pollo Mike junto a su cabeza metida en un frasco de formol. Morboso, pero mejor que la tómbola de la chochona. Dicen las crónicas que llegó a ganar, el dueño, no el pollo, hasta 4.500 dólares al mes.
Ante semejante perspectiva monetaria, otros granjeros decidieron emular a Olsen y a Mike y se lanzaron a hacerse rico por la vía rápida. A fi n de cuentas, sólo hacía falta un hacha y un pollo. Por desgracia, parece que no era tan fácil acertar en el tajo y sólo el dios de las aves sabrá cuántas vidas emplumadas costó aquel invento.
Tampoco duraría mucho más nuestro héroe avícola, Mike, Miguelico ya para nosotros, se atragantó con unos granejos de panizo y se asfixió en marzo de 1946. Desde
entonces, cada año, en Fruita, su ciudad natal con nombre de zumo en la que se supone que hay levantada una estatua en su memoria, el tercer domingo de mayo se conmemora la hazaña de su ciudadano más ilustre con unos juegos cuyos protagonistas son los pollos, no sabemos si con cabeza o no. Porque aunque la cosa apesta a pufo, más que los mensajes del príncipe nigeriano, y no hace falta ser veterinario para percatarse de ello, para sus convecinos es todo un ejemplo de coraje y fuerza para
vivir.
A veces son más peligrosos quienes se dejan timar, que los propios timadores.
Y por cierto, feliz día del pollo Mike.

El Pueblo de Albacete, 15 de mayo de 2011

viernes, 29 de abril de 2011

DKKWP IIYXN MBTYE LWLX (Sesenta mil satanases, 60)

Ultimamente me ha dado por la criptografía. En buena medida es culpa de tres factores: el libro Criptonomicón, la película Los tres días del condor, y la serie Rubicón. De alguna manera, estos tres elementos se han confabulado durante este mes de abril para coincidir ante mis ojos, con lo que he pasado unas semanas envuelto en mensajes cifrados y conspiraciones secretas. Dada mi incapacidad innata para las matemáticas, como bien recordarán mis profesores del instituto, hay ciertas partes del análisis criptográfico que están más allá de mi comprensión, por mucho que haya visto y leído después sobre la máquina Enigma, análisis de frecuencias y cifrados asimétricos. Lo que no me cabe duda es que las contraseñas y pines que generalmente utilizo, y utilizamos casi todos, son pura filfa.

Lo que me sorprende aún más es que una multinacional como Sony esté al mismo nivel de seguridad que un usuario medio de hotmail, a tenor del escándalo del robo de datos que ha sufrido esta semana. Sony se ha visto más vulnerable que una cuenta de facebook hackeada por una novia ultracelosa que quiere ver si su pareja mantiene agregada como amiga a su ex, o que la wifi del vecino ante el Aircrack. Miedo me da pensar qué pasará con las empresas -privadas y públicas- españolas y hasta qué punto tienen o no protegidos nuestros datos.

Si algo tiene internet es que incita a la paranoia. En el caso concreto de los datos, constantemente vemos noticias parecidas a la de la megacorporación japonesa, con lo que parece que la red está llena de ávidos hackers empujándose por ser los primeros en apropiarse de la información de tus cuentas bancarias, de tus mails, de tus fotos y tus blogs. Cuando lees estos teletipos y piensas que tu clave de usuario es tu fecha de nacimiento, o los primeros dígitos del DNI, te sientes como un gilipollas, sobre todo porque sabes que, en algún momento mientras te registrabas, viste un mensaje donde se te advertía de que no empleases ese tipo de información y lo ignoraste porque, si no, cómo coño vas a recordarlo. La culpa es del cerebro, que no retiene datos sin sentido lógico, y de nuestra vagancia, por no plantearnos siquiera alguna regla mnemotécnica para conservarlos.

Entre el pin de la tarjeta de crédito, el del móvil, las contraseñas del correo, de tu blog, web y cuentas en todas las redes sociales habidas y por haber, tienes un cacao mental de números y letras para salir trastornado, así que es habitual que, al final, recurras a utilizar la misma para casi todo. O cosas peores: he visto de todo, desde gente que lleva escrita la clave al dorso de la tarjeta del banco, o el pin del teléfono detrás de la tapa de la batería, a un listado completo de claves apuntadas en una bonita libreta. Como dice el comisario Roldán, si no puedes recordar los números, no tengas tarjeta, y eso se hace extensivo a todo lo demás.

Deambulamos por las webs entre la confianza ciega y el recelo absoluto, confiamos en los códigos captcha y nos molesta que una tienda virtual nos pida el código de verificación de tarjeta, nos registramos en foros extraños para poder tener acceso al link de descarga directa de la última película de la Marvel, y sin embargo, clickamos en Cancelar cuando, para actualizar el firmware de nuestro móvil, nos piden una dirección de correo. Es mejor buscarla en otro foro, ¿eh? Hay quien expone toda su vida y milagros y quien sólo es un nick con un avatar oscuro. Los expertos señalan que falta cultura de seguridad en la red, que igual que le damos un par de vueltas a la cerradura de casa, hay que poner algunos cierres en nuestra faceta "virtual". Y aquí es donde entran los sistemas de encriptación.

Puede que pensemos que, como no tenemos un leuro en el banco, o en nuestro disco duro sólo hay terabytes de porno, no necesitamos meternos en estos fregados que nos suenan a película de espías, y es evidente que para enviarle a tu primo un powerpoint de chistes de Lepe no hace falta codificarlo con algoritmos PGP, pero sí hay otro tipo de transacciones, o de cuentas, a las que no vendría mal ponerle un par de cerraduras FAC virtuales. Ninguna clave es segura al cien por cien, claro, pero siempre será mejor una combinación de cifras y letras mayúsculas y minúsculas, que una serie tipo 123456.

Y por cierto, si tu novia te ha forzado la contraseña del facebook es hora de cambiar de clave. Y de novia.




El Pueblo de Albacete, 1 de mayo de 2011

sábado, 25 de septiembre de 2010

Una carta que nunca envié (Sesenta mil satanases, 30)

Hola, X:

No sé por qué te estoy escribiendo esto. Quizás es que necesito desahogarme y te ha tocado a ti soportarme la chapa. Es posible que lo que teclee a continuación te lo diga personalmente cuando nos veamos, así que permíteme que esta carta sea un principio de discurso:
Estoy hasta las narices de las paellas, y aún más, de los Expertos en Paellas de Albacete. Yo nunca me las he dado de listo, ni de Arguiñano, ni siquiera de valenciano, a pesar de haber vivido allí un tiempo, o de tener familia en Puerto de Sagunto. A mí, todo ese rollo místico a la hora de hacer una paella que se llevan estos me parece absurdo y ridículo. Puedo entender que cada uno tenga su receta, su forma de hacer las cosas, pero todo este montaje que se han autoinventado los que ya sabemos no me gusta, me da asco.
Insisto, no soy cocinero, ni gourmet, ni gilipollas. Sé guisar desde hace años, he cocinado platos más complejos y elaborados que una paella, pero eso no me hace especial, aunque hay quien piense que sí y eso es patético. Esgrimir lo de Experto en Paellas, como hacen otros, como si se tratase de un título nobiliario o un Master me repugna, y no hay más que darse una vuelta por ahí para ver que ni las paellas son un manjar tan exquisito, ni hay una Receta Única.
No quiero entrar más en este juego enfermizo de quién sabe más de paellas, aunque creo que eso será inevitable. No quiero más críticas “constructivas” por parte de estos majaderos, que ignoran el esfuerzo y la dedicación que uno, en su buena fe, ha puesto en una paella, porque en su infinita sabiduría creen que te falta sal, te sobran judías o está mejor con arroz de Calasparra. Me parece fantástico que cada cual dé su opinión en la forma que crea más conveniente, pero que no cuenten conmigo ni en mi casa. Podemos echar unos callos con garbanzos, o asar un pollo, incluso -fíjate qué ironía- una fideuá, pero nada de paellas.
Lo que viene a continuación quizás te haga gracia, a mí no.
Voy a dejar de hacer paellas. No creo que te sorprenda saberlo, no creo que se sorprenda nadie. Disfruto entre fogones, y hasta hace poco entraba a la cocina rebosante de energía, dispuesto a llevar la paella a lo más alto. Ahora ya no. La verdad es que no he hecho una desde hace un año, pero ¿para qué? No es que dejarlo me alegre, pero sí me libera un poco, te hacer ver las cosas de otra manera.
Y no soy el único. El tiempo se está encargando de darme la razón, nadie quiere juntarse con los expertos paelleros para comer. No disfruto con ello, y no quiero repetirles lo de “ya os lo dije”. La verdad, me molesta porque me gusta la paella, y más en domingo, pero prefiero cocinar y comer otra cosa que perder un amigo.
Una paella es algo hecho por y para la familia, para los amigos, no para la sociedad, el pueblo o la posteridad. Aspirar a la posteridad por una paella es patético e irreal. Los que están ahí, los que de verdad saben de esto, no van a dejarse arrebatar el puesto que tantos años les ha costado ganar, y algunos de ellos, en justicia, hasta merecen.
Por mi parte, no creo que vuelva a hacer una paella. Ya no lo necesito.

P.D.: Por mucho que se empeñen, y me destierren por ello, insisto además en que unos gazpachos manchegos están infinitamente mejor que cualquier maldita paella.


El Pueblo de Albacete, 26 de septiembre de 2010

lunes, 8 de febrero de 2010

Yo para ser feliz quiero un camión...

Ustedes disculpen que no andemos muy literarios últimamente pero he visto este innombrable viodeoclip en el blog de WKR y no me resisto a ponerlo aquí, por dos motivos:
a) para regocijo visual de los amigotes salidorros lectores de este blog
b) como entrenamiento mental, porque no creo que tardemos en ver a todas horas esta alegre tonadilla en los anuncios de politonos y tal... (Lo mejor es que haga callo cuanto antes)

Con todo, es mejor que lo que escuchamos habitualmente en los bares...

martes, 16 de junio de 2009

Dos ruedas y una cadena


Los becicletos, que decía uno de Madrigueras, son esos vehículos de dos ruedas que no tienen tubo de escape. Apenas cuatro tubos de aluminio mal soldados con un fulano pedaleando encima. Probablemente, se haya cruzado con alguna en su quehacer diario, y quizá hasta se le haya pasado por la cabeza el pensamiento de “vaya un gilipollas” al considerar lo a gusto que se va sentadico en el coche, con el aire acondicionado y la música a toda pastilla, o también cuando intenta encontrar un hueco donde estacionar su berlina de seis metros de eslora y ve cómo un ciclista desmonta y encadena su montura sin más a una farola. Pero lo más probable es que lo haya exclamado en voz alta cuando una bicicleta lo ha adelantado en un atasco o ha aparecido de repente junto a su ventanilla cuando iba a girar. Sí, amigo, ese gilipollas es un ciclista urbano.
Sorprende ver la poca cantidad de ciclistas urbanos (de los de bici a diario) que hay en esta ciudad, aunque puedo llegar a comprenderlo. Para empezar, está la cosa de los robos. No conozco a nadie en Albacete a quien no le hayan robado al menos una bici. Da lo mismo el tipo de cadena, candado o pitón que emplees, la misteriosa mafia de las bicicletas tiene cizallas y ganzúas para cada ocasión. Por supuesto, dé la bici por perdida para siempre cuando ésta desaparezca de donde la ató, porque la Policía ni siquiera se molesta en investigar el tema (quizá teman represalias por parte de la Mafia Ciclistera o a lo mejor están ellos metidos en el ajo, como ocurre en los libros de Flann O’Brian). Sólo se me ocurre la teoría conspiranoica de El Tercer Policía porque no creo que un yonki a) pueda sacar mucho dinero de las piezas de una bicicleta, b) vaya por ahí con una cizalla y c) se dé a la fuga pedaleando cuando apenas puede andar en línea recta. Además, me surgen preguntas como ¿dónde está el taller clandestino donde se compran las piezas de bici robadas?, ¿quién compra estas piezas?, ¿dónde las almacenan? Albacete no es tan grande para ocultar un negocio de esta magnitud, con lo que sólo podemos apuntar a una banda internacional de tráfico de bicis, lo que me hace pensar si mi Orbea roja estará ahora mismo en Arabia Saudí o Tailandia... Esto explicaría también, por ejemplo, que no hayan aparecido las 95 bicicletas (de 125) del servicio municipal de préstamo sustraídas.
Este es otro tema curioso. El Ayuntamiento puso hace unos años en marcha este servicio, a mi entender totalmente prescindible, como se ha demostrado con el tiempo (como que ahora mismo nadie quiere gestionar el tema). Abacete lo tenía todo para que esto funcionase, salvo dos cosas: educación y necesidad. Y es que la ciudadanía albaceteña está por civilizar; sobre el papel queda muy bonito plasmar la idea de que somos Europa, y que la gente agradecerá tener a su disposición unos vehículos gratuitos y ecológicos, pero en la práctica, lo que ofrecen es un trofeo demasiado tentador para los amigos de lo ajeno y un blanco fácil para los gilipollas que se dedican a placar papeleras o patear retrovisores para liberar tetosterona. Lo que no se les pasó por la cabeza a los responsables municipales es que el usuario de bicicletas YA TIENE UNA. O dos, por si le roban la primera. El ciclista urbano no necesita la bici del ayuntamiento, lo que quiere es dónde atarla, que le garanticen que la encontrará intacta a su regreso y, sobre todo, que pueda circular con ella con tranquilidad.
Porque esta es la principal pega. Sí, en esta ciudad maldita y oscura, circular en bicicleta es un deporte de riesgo. Tenemos un estúpido carril bici discontinuo que no va a ninguna parte, en pésimo estado de conservación -la idea de adoquines verdes merece una paliza-, y permanentemente ocupado por cualquier otra cosa que no sea una bicicleta. De nuevo, una operación de márketing que queda muy bien en las guías de turismo y en la estadística, pero con una utilidad real nula (como no sea la de quitar plazas de aparcamiento). Así que tenemos al ciclista urbano que, para llegar a su destino, no tiene más remedio que ir por la calzada, lo que tampoco debería suponer ningún trauma. Somos ‘como’ un vehículo, recuerden. Pero sí aparecen rápidamente los inconvenientes. Los baches nos recuerdan dónde está el culo y hasta dónde pueden subir los testículos, los conductores nos consideran más peligrosos que los apaches y defienden su diligencia a sangre y claxon, además de negarse a poner los intermitentes, no vayamos a saber hacia dónde se dirigen y tratemos de emboscarlos. Las scooter nos consideran sus primos bastardos, y en la lucha por el territorio asfáltico, no somos para ellos más que burda competencia...
Y los peatones... Ah, los peatones. Quienes podían ser nuestros aliados son en verdad los más acérrimos enemigos de la bicicleta. Pase usted, amigo ciclista, por una calle peatonal como la calle Mayor, a menos de 10km/h y verá las miradas de odio reflejadas en sus pupilas. Por supuesto, no faltará quien aparte a su hijo de un estirazón a la voz en grito de “cuidao con la bici”. Yo he visto a madres tirar a sus retoños al suelo del empujón para apartarlos de mi camino, cuando todavía estaba a diez metros de distancia y podía esquivarlos hasta conduciendo un panzer marcha atrás. Me veo obligado a resaltar que no conozco ningún caso de atropello bicicleta-peatón en donde el pedestre haya salido peor parado que el ciclista, y por supuesto, dudo mucho que alguien arrollado por una bici sufra lesiones medianamente graves o muera. Se quejan los peatones de que circulamos por las aceras, sin considerar que, bandarras aparte, por regla general si lo hacemos es porque no nos queda más remedio. Hay ocasiones en que, por puro instinto de supervivencia, no puedes bajar a la carretera. Además, hay que saber aprovechar los recursos y ventajas que ofrece montar en bicicleta. Hay que tener presente que no sólo la ciudad, todas las ciudades, están pensadas para ir en coche, sino también el código de circulación está hecho para esas latas de cuatro ruedas. Con esto no digo que haya que saltarse los cedas, semáforos e ir por dirección prohibida, pero desde luego, los perjuicios que puedes ocasionar en casoa así son nimios en comparación con la que monta un camión en doble fila o un todoterreno saltándose un stop. Allá con la temeridad de cada uno, lo que está claro es que el ciclista urbano se juega el pellejo, innecesaria y gratuitamente, en demasiadas ocasiones, y casi siempre, por culpa de otros.




PD: La imagen superior -una obra maestra- es el logotipo de una asociación ciclista de Guadalara, México.

Reto Fanzine 2025. ¡Que 20 años no es nada!

Que sí, que este año hay Reto Fanzine. Cómo no iba a celebrarse si cumplimos, ahora sí que sí, ¡dos décadas! La tardanza en publicar esta co...