Entre las muchas frases lapidarias que me regala mi señor padre a diario, siempre tengo presentes dos: en el bar donde veas policías municipales se almuerza bien y barato; y hay gustos que merecen palos. Me encanta esta última y lamento sinceramente no poder aplicarla a rajatabla cada vez que me doy una vuelta por la calle. Sé que no soy el único que ha deseado convertirse en el Tío de la Vara a la vista de la mucha tontería que se ve por ahí, especialmente en el tema del vestir. Y es que hay prendas que desafían esa falacia popular de lo de sobre gustos no hay nada escrito, porque son objetivamente feas. Sin que medie explicación racional –de las otras podría aventurar varias, como un sistema de dominación extraterrestre o un experimento de la CIA- de por qué se ponen a la venta, año tras año, estos adefesios, es necesario reconocer que todos conservamos una camisa, unos pantalones u otro ropaje que, a priori nos parecían un puntazo, y que en realidad son una putada. El principal problema reside en que uno no se percata de que viste un horror cósmico, digno de Lovecraft, hasta que se lo dicen. Y a veces ni aún así. Si nosotros nos encontramos seductores, dignos émulos de Brad Pitt, con unos pantalones vaqueros rojos o un polo amarillo, nadie nos va a convencer de lo contrario. Sin embargo, esta perversión de los Pantones supone una agresión visual tan sólo equiparable a la estatua de la rotonda de Pedro Coca con la Circunvalación. La depravación estética y moral del atavío va más allá de la violación elemental de los cánones cromáticos. Adornos imposibles como hebillas, lentejuelas, correas y remaches infectan como costras purulentas muchas de nuestras ropas. También lo hacen dibujos presuntamente graciosos que invocan a la nostalgia o la friquez y que no hacen otra cosa que estereotiparnos. Por supuesto, no hay que olvidarse de esos diseñadores hijos de puta con ansias de dominar el mundo que se entretienen en coser bolsillos donde no cabe ni un mechero, poner botones infames que se abren solos, idear formas antianatómicas de coser una chaqueta y mil sandeces más, que hacen que, en comparación, los aparatos de tortura de la Inquisición nos parezcan más cómodas que el tresillo de las siestas. Estas vestimentas llegan a nosotros de dos formas: compradas o regaladas. La primera es la peor, la más ofensiva y la más difícil de erradicar, sobre todo si el esperpento en cuestión nos ha costado un ojo de la cara. Reconocer que has tirado el dinero en algo que te pone estéticamente por debajo del traje de Nochevieja de Paco Clavel es tan duro como un amanecer de resaca en la cama de un transexual filipino. Hasta el momento de la revelación –que habrá de llegar con la madurez, el aumento de talla, o con la Virgen en lo alto de un olivo-, vestirás con orgullo torero tu chaleco de pescador, tus pantalones de cuadros escoceses o tu chándal del Madrid. Las prendas regaladas, contrariamente a lo que pudiera parecer, se visten más veces que las adquiridas previo pago, por aquello de que no nos han costado un duro. Ojo, no confundir con aquellas ropas, también feas, que hasta nosotros nos damos cuenta de su poder ofensivo y que jamás vuelven a ver la luz. Pero hay otras que, sobre todo a ellas, les parecen que son monas, o que visten mucho, y por eso se convierten en sus prendas favoritas. Pecados mortales, dignos de unos cuantos palos en el lomo, más bien. Lo bueno que tienen es que, como no nos dolió el bolsillo al comprarlas, tampoco nos sangrará el alma al relegarlas al olvido o a la basura. Como si de una desintoxicación se tratase, habrá que prestar apoyo psicológico al que se deshace de la prenda, pues su sentimiento inmediato será comprarse otro trapo igual. Nadie escapa del horror que habita en el fondo del armario. Quizás un buen sarmientazo en las corvas pudiera ahorrarnos el sufrimiento ocular que estas cosas nos producen, pero me dice mi amigo el policía, mientras almorzamos, que legalmente no estaría bien visto, así que habrá que contentarse con mirar para otro lado y dejarlo correr.
Ahora que podemos dar por finiquitada la época de rebajas, puedo decir que nunca he sido de esas personas que siguen los dictados (por dictador) de la moda, ni tampoco le he prestado demasiada atención a las tendencias en cuanto a vestimenta se refiere. Bastante preocupación tengo con encontrar ropa de mi talla y que ésta no te queme las pupilas con su fealdad; les aseguro que es un trabajo duro y fatigoso. Sí es cierto que con la moda pasa lo mismo que con la política y el vino, uno no puede evitar discutir sobre ello aunque no tenga ni puta idea. A lo largo de mi penoso penar por las tiendas de ropa, he podido comprobar cómo el trust de la moda ha ido traslando a ellas, las mujeres, prendas y complementos tradicionalmente masculinos, en detrimento nuestro, hasta tal punto que resulta imposible que un varón pueda comprarse una gabardina, es un poner, de precio y calidad equivalente a la que puede adquirir una señora, en cinco sitios distintos, de todas las tallas, formas y colores. ¿Acaso es porque la gabardina no se lleva entre los hombres? A lo mejor es porque no se la venden... Otro caso curioso es el mono o peto vaquero, prenda arquetípica del paleto americano del medio oeste, y que yo recuerdo que, en mis tiempos de instituto, llevaban los macarras calorristas, ahora es patrimonio exclusivo de embarazadas. ¿Cómo dio el paso el peto del white trash al premamá? Podría argumentarse que donde una prenda queda bien en una señorita, su equivalente masculino resultaría ridículo. Esto puede ser cierto en casos puntuales. Si yo me comprase unas botas de cowboy y me las pusiera por encima de unos vaqueros, haría el ridículo. Sin embargo, nuestras calles están llenas de amazonas de esta guisa que no han visto más equino que el pony de la Feria donde se hace uno fotos de crío. Particularmente creo que si no eres jinete, militar o punk, la caña alta de las botas, mejor por dentro del pantalón. El sombrero, por poner otro ejemplo, es uno de esos complementos que desapareció, borrado del mapa por culpa de los progres que nos precedieron, que identificaban esta bella y útil prenda con sus padres carcas y fachas. Ese trozo moldeado de fieltro pasó, en los ochenta, al ostracismo, siendo únicamente patrimonio de algunos abuelos, cazadores y patriarcas gitanos. Es ahora cuando, sin apenas sombrererías, ha vuelto ha llevarse el sombrero. Y una vez más, su reentrada en el mercado ha sido con vistas al mercado femenino. Busque, busque usted un fedora de la talla 60 o superior sin recurrir a internet o a un amigo de Madrid, y me cuenta... Luego dé una vuelta por un Zara o similar y vea la gama que tienen ellas a su disposición por menos de 20 euros. Escribía un poco más arriba sobre botas, y es que el calzado es uno de los temas más sangrantes. Faraónicos estantes repletos de zapatos de mil formas y diseños para ellas, y una esquina oscura con cuatro piezas clonadas de esas de puntera picopato para caballero. No hay color. Ni tallas. Tanta oferta hacia el sector femenino provoca que éstas tengan un amplio margen de movimiento, pues gozan de una gran libertad para elegir diseño, talla y precio que les envidio. Si usted ha ido de compras con su señora sabrá de lo que hablo. Los señores estamos condenados, al final, a pasar por la caja del C&A -con el bajón de calidad que ha pegado últimamente, que es lavar la ropa y tirarla a la mierda-. Un drama si, como yo, usted es un ser humano normal y carece de la corpulencia metrosexual de un niño de doce años, que es el modelo de hombre que tienen ahora en las secciones para hombre de las tiendas del centro. La ropa de las tiendas masculinas existen en tres variantes estilísticas: a) fritillista, b) perroflautesca/gafapasta, o c) directamente borjamari style (esas de ropa de padre de camisas a 100 euros). A veces me dan ganas de manejar el estilismo de John Rambo en Acorralado de saco y guita, o coger una manta, hacerle un agujero en el medio para sacar la cabeza y atármela a la cintura con una correa. El mercado textil está claramente dirigido hacia ellas, y empuja al hombre hacia dos caminos: el mero complemento circunstancial con ropa de hipermercado, si es de ingresos moderados, o si por contra es funcionario o gana buenos dineros, el fashion victim, de crema hidratante, gimnasio y camisa de rayas encima del polo del lagarto jaén. ¿Han triunfado las feminazis en el tema del vestir, pues? Habrá que ver quién dirige el trust de la moda. ¿Son ellas un mejor blanco para las cadenas de ropa? No lo sé. He escuchado cosas como que a los hombres buscan ropa más funcional que estilosa. Velocidad y tocino. Que uno sea pragmático a la hora de vestir diariamente no significa que no le guste arreglarse de vez en cuando, el problema es que no tenemos dónde adquirir esas prendas. Tampoco creo que ellas sean más consumistas. Bueno, sí lo son, pero porque tienen dónde gastar. Esta desigualdad entre ella y él tiene como consecuencia drámatica inmediata el constante conflicto por el espacio vital de armarios y cajones en la casa común. La experiencia me dice que ellas ocupan hasta tres veces más espacio en una casa con su ropa, zapatos y complementos que su partenaire masculino. Lo que no quiere decir que un hombre tenga sólo unos vaqueros, una sudadera y las converse all star. La diferencia se ve a las claras cuando una pareja sale de viaje y se comparan equipajes. Si además pensamos en que muchas de las piezas femeninas tienen menos tela que el parche de un pirata, nos daremos cuenta de la verdadera magnitud de su volumen de ropa y de este drama humano. Una última reflexión: ¿se han dado cuenta de que cada vez mas gente, de ambos sexos, lleva ropa del decathlon? ¿Será por la crisis? ¿O acaso es la génesis de la indumentaria pansexual?