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domingo, 29 de julio de 2012

Servilletas


En mi casa usamos servilletas de papel. Sé que hay de las otras, de las de tela, pero ignoro dónde las esconde/guarda mi señora. Creo que las vi una vez las pasadas navidades, o en alguna fiesta similar, pero no consigo recordar de ellas ni el color. En casa de mi madre sucede tres cuartos de lo mismo. A la hora de comer, servilletas de papel. Allí sí sé dónde están, porque durante casi dos décadas las estuve sacando del cajón a la hora de poner la mesa. Tenemos varios modelos, los de diario y los de las celebraciones especiales, o lo que es lo mismo, las malas y las buenas. Las primeras son a cuadros; las segundas, rojas. Incluso hay unas blancas -del ajuar de mi señora madre, supongo- que jamás han sido usadas. Las servilletas de todos los días rascaban al limpiarte los morros; las buenas estaban suaves y olían a limpio, al menos antes de empezar la pitanza.
Ahora ya sólo hay de papel. Si quieres restregarte la grasa del pollo de los dedos con una pieza de tela tienes que irte a un restaurante, y allí también están en peligro de extinción.
Compras un enorme paquetón de servilletas de papel, que contiene cien o doscientas, de una, dos o tres capas, y las llevas a tu casa. Las pones en la bandeja donde comes, -porque los treintañeros no comemos a la mesa, sino en bandejas, sentados en el sofá-, y cuando llega la hora de limpiarte una miaja, el papel se deshace entre tus dedos como... bueno, como lo que es, papel. Y entonces coges otra, y luego otra, y así vas juntando un montón  de basura superior al de los propios desperdicios de la comida.
Esa montaña de celulosa semiviscosa que descansa al lado del vaso de agua se supone que tenía que ahorrarte penurias económicas y laborales. Se supone que son muy baratas, y que no hay que lavarlas, ni plancharlas –cosa que he visto hacer a ciertas señoras con estos ojitos miopes-, que son de usar y tirar. Pero ¿dónde están estas ventajas si al final tienes que usar el cuádruple en una sola comida? Y lo peor es que sigues teniendo algo de roña en la mano, pijo. Porque las de tela, las que rascaban, te arrancaban la suciedad a tirones, pero estas cosas de papel se espizcan al primer roce.
Todas las virtudes que tienen los pañuelos de papel frente a los de tela, sobre todo el no tener que llevar tus mocos en el bolsillo todo el santo día, no se pueden extrapolar a las servilletas. Y da lo mismo usar las de siete capas, el papel es papel, y si se empapa, se desintegra como una galleta en un tazón de leche (Ley Fontaneda de la disgregación de la materia). Aún sí las seguimos empleando porque nos hemos acostumbrado a ello, y porque lo de meter las de tela en la lavadora no nos va demasiado, eso son “cosas de madres”. Y nos dejamos engañar un poco por los fabricantes, que conocedores de nuestros deseos más íntimos, ya las fabrican en todos los colores, formas y texturas para que se parezcan a las servilletas de hilo maternas. Pero madre y sus servilletas no hay más que una.
Hay un tipo de servilleta de papel que no sirve absolutamente para nada. Todos las conocemos de sobra porque casi todos nuestros bares favoritos las tienen. Los esas servilletas que suelen llevar el nombre del local en ellas, y/o un rebordecito azul o rojo que parecen ligeramente enceradas, y que están encerradas en dos lados de unos monstruosos cajones de plástico o metal. Son una mierda. No limpian. No absorben. No sirven absolutamente para nada. Sólo comiéndote unos caracoles puedes llegar a gastar centenares y te irás de las tascas con los dedos amarillos y oliendo a especias. Todos hemos cometido el terrible error de arrojarlas a puñados encima de una bebida derramada y sólo hemos conseguido un bonito e inmenso moco blancuzco que se alza como un islote asqueroso en medio de una laguna de cerveza. ¿Quién fabrica esto? ¿Un genio del mal?
La única forma de hacer de estas servilletas de bar algo atractivo era ensartándolas en un gancho de acero en cuya base había un palillero, y de estos, desde que cerró el Monterrey, no he vuelto a ver jamás. 


El Pueblo de Albacete, 30 de julio de 2012

domingo, 15 de abril de 2012

Tiempo de caracoles


A los de fuera se les hace raro vernos pedir y comer caracoles. Es un hecho que estos bichos babosos de pequeño caparazón no son el típico plato gastronómico en el que los forasteros están pensando cuando vienen a Albacete. Estos vienen al Llano soñando más con el forro, la oreja, el rabo frito, vamos, lo que viene siendo el despiece del gorrino a la brasa, con –quizás- algo de queso frito y unos cascos de patata… Y cuando los pides ante la visita y ven, además, que encima son de los pequeños, nada de esos monstruos para asar o guisar a la francesa, haciendo cima como un puñado de pipas, desconfían. Incluso, dentro de nuestro término municipal, hay vecinos a los que no les vuelve locos la idea de sorber el blandurrio cuerpo de estos gasterópodos.
Sin embargo, qué buenos están los que están buenos.
Como en todo, saber hacer unos caracoles tiene su enjundia, amén de que no todo el mundo tiene el mismo paladar. Y si ya con el ajo mataero surgen disputas sobre si es mejor picando o sin picar, con torrezno o sin…, con el tema de los caracoles el debate puede alargarse hasta la hora de los cubatas, puesto que incluso se discute la forma de servirlos, y aún dónde comerlos. Que si con jamón o sin él, que si mejor con laurel, pimienta, comino o con esos botes de preparado que venden, que si en plato o en cazuela de barro, que si en las tascas o en el bar… La receta puede variar tanto que ni siquiera puedes estar seguro de tomarte los mismos en el mismo lugar dos días seguidos. Tal circunstancia da pie a que haya quien hace verdaderas rutas del caracol por la ciudad en busca del mejor plato de caracoles, y de la mejor relación calidad/precio, quid este más complicado aún de discernir. Llevar a los íntimos a degustar un superplato de caracoles garantiza poco menos que la inclusión de uno en el testamento.
Así, ha vuelto el tiempo de las habas –de las que hablaremos otro día-  y los caracoles, para deleite de unos y repulsión de otros. A estos no sólo les da repelús la babosa con cáscara, sino la forma de comerlos, porque a pesar que de existen varias escuelas al respecto, la única verdadera es la que dice que hay que sumergir los dedos en el plato, y comerse el cuerpo del caracol al sorbetón. Cualquiera que use cubiertos para sacar al molusquillo terrero de la cazuela y use un palillo, o aún peor, un chisme de esos puntiagudos que parecen palillos sin serlo, merece ser arrojado desde lo alto del Depósito del Agua, o –a falta de pilón- dentro de la rotonda de la Tamos. El palillo sólo está permitido para aquellos caracoles mal engañados que se han quedado dentro y que, como es lógico, se dejan para el final.
Como se puede apreciar por lo antes descrito, la ingesta de caracoles tiene un componente primitivo importante del que carecen, por ejemplo, las gambas cocidas, los altramuces o las mentadas habas: el sumergir la mano en el plato común, el chorreo del caldico por la mesa, el ruido al sorber, un cierto chupeteo de dedos, ese picor de la cayena en los padrastros…, todo esto nos retrotrae a la infancia, al salvajismo atávico, al espíritu de la comuna de las cavernas. Cuando éramos más puros y más simples. Con menos escrúpulos y más ganas de juerga. Porque comer caracoles es divertido, y ya dice el sabio que en el yantar y el fornicar hay que saber hacerlo con risas. En este siglo bastardo, donde entre las personas no hay más que ondas electromagnéticas, plástico y humo, es un deleite encontrar contacto directo con otros humanos en una actividad tan básica como tomarse una de caracoles. Ahí tienen un buen detector de cylons.
A la hora de pedir una tapa, tened en cuenta que la crisis ha adelgazado los chusmarros hasta dejarlos como un filete de lomo, que las gambas tienen mercurio en la cabeza, que el queso frito –servido con esa guarrería de mermelada a imitación del camembert con arándanos- ya pasó de moda, que las patatas bravas las fríen con aceite de coco, y que hasta el tomate partío con ajo es transgénico. Y sí, los caracoles son de criadero, pero al menos el gorrineo que te traes con ellos garantizan un cachondo alegre y nutritivo rato. Que a fin de cuentas, es para lo que hemos venido.




El Pueblo de Albacete, 15 de abril de 2012


domingo, 19 de febrero de 2012

Supergintonics

Tiene cierta gracia la tontería que se lleva en esta ciudad con los gintonic de un tiempo a esta parte. Eso, y que ahora un bar de tapas se llama "gastrobar", aunque eso da para otra columna. El caso es que llevo un año viendo como en las estanterías de detrás de la barra surgen como setas botellas de ginebra de auténtica fantasía, de mil y una destilaciones, sabores y graduaciones. Las tónicas tampoco van a la zaga, claro, y han aparecido botellitas chiquiticas de esta bebida con quinina específicas para cada ginebra. Y qué decir del acompañamiento. La pobre pero lustrosa rodaja de limón ha dado paso a toda una ensalada en copa, que a veces dan ganas de pedir un tenedor.
La tontería gintonística ha sustituido, en cierto modo, a la del vino, pues no hace tanto que los gastrobares eran vinoteras, y así, para echarte una copeja con una tapa podías volverte loco entre tanta decantación, taninos y tipos de uva. Al final, pijo, pues pedías una mahou y listo. Así que los "entendidos" de vinos han dado paso a los "entendidos" en ginebras, y para echarte un cubata casi tienes que resolver el sudoku de qué ginera va con qué tónica va con qué pepino. Hasta que ya no puedes más y pides una Larios, y si vas en plan exquisito, una Larios de la botella azul.
Como catacaldos que es uno, no he podido resistirme a probar estos inventos, y como divertimento son fabulosos. Un gintonic de fantasía favorece la juguesca en la sobremesa, y supongo que quien tenga el paladar fino pues apreciará un sabor u otro, las hierbas estas o aquellas. Desde luego -disculpen el primitivismo de mi sentido del gusto-, yo solo aprecio el está bueno/malo y el ardor de estómago sí/no. Y como yo, hay más, medianías sibaríticas que jamás se atreverían a reconocer que no distinguen la Citadel del Nenuco. Y es que tampoco me interesa figurar como el catador experto del grupo, figura noble donde las haya, y útil cuando de impresionar a visitas y recias forasteras se trata, pero que, más allá de la hora de las copas, no tiene ningún fuste ni conversación.
Pero, más que expertos, lo que estoy viendo son verdaderos frikis de las ginebras, que te hablan como si las botellas las hubieran traído ellos de allende los mares, o fueran el fruto de su destilería familiar, y te dan la murga con que si el pepino salvaje africano no va con la Zanguanguer Triple Premium porque su especia predominante es el baladre canadiense, y que hay que acompañarla con una tónica Jarl, de 0,64 grados de alcohol, vertida en chorros cortos mientras cantas el Beth de Kiss. Que esto lo haga el camarero puede tener un pase, a fin de cuentas te está vendiendo su producto, pero que el coñazo te lo dé un amigo, o peor, el amigo de un amigo que tú no conoces de nada, es merecedor de una buena hostia. O mejor, de pedir una Gordons con Nordic para que se divida por cero.
Lo más impresionante llega a la hora de pagar, y puesto que estos cubatas no son de Sheriton, depende del sitio en el que estés –en Albacete, el código postal determina el precio final de las consumiciones- te pueden pegar un sablazo de esos de pedir el ticket para enmarcarlo y colgarlo en la pared junto a las fotos del viaje de novios a Grecia. Que cada uno con sus perras puede hacer lo que se salga de las narices, pero digo yo que un poco de indignación habría que mostrar cuando el amable dueño del local te trae el recibo de su nueva piscina para que se lo pagues, en lugar de aflojar la mosca con la satisfacción de creerte un nuevo gurú de la ginebra con tónica.
Y lo que tiene más pelendengues, más todavía, es que si mirásemos bien los vasos/copas en los que nos echan los supergintonics, veríamos que, como siempre, y sin que importe si el alcohol es de marca o Hacendado, estamos pagando por enormes hexaedros de agua congelada. Vamos, que el cubata tiene más hielo que el que hundió el Titanic. Un hielo carísimo, eso sí. Premium.



El Pueblo de Albacete, 19 de febrero de 2012

miércoles, 23 de febrero de 2011

Escritores en el Bar

Escritores en el Bar: Mesa redonda sobre literatura y Mahou Clásica
Se celebrará el jueves 24 de febrero a las 19.00 en el cafebar Aqua.
El objetivo de la mesa redonda será el de afrontar el debate que se tercie sobre ciencia ficción fantasía, terror, fútbol y el lagarto de Málaga, firma de ejemplares de novelas de los presentes, y aún de algún ausente, intercambio de ideas, lucha por las tapas y libación cervecil hasta que se agoten los leuros o el tiempo preestablecido por los cónyuges de los asistentes.
Ha confirmado ya su asistencia a esta mesa redonda:
  • Juan García Rodenas, escritor, corrector y pensador, creador de La Saga de la Ciudad Oscura, que acaba de editar su último tomo (el IV).
  • Ricardo González; editor del blog http://cinegargola.blogspot.com/ especializado en fantaterror y subproductos kingkongnianos.
  • Alberto López Aroca, escritor y holmesiano, autor de las exitosas novelas Sherlock Holmes y los zombis de Camford, y Candy City.
  • Marcelo Ortega Picazo, músico, periodista, articulista, escritor de haikus y cuento criminal.*
  • Miguel Ventayol Sarrión, autor menor que se cuela en las reuniones y es motivo de chanzas por parte de los asistentes por su intento constante en entrar en la Fundación Fanzine con z, a pesar de usar la c.*
No se descartan incorporaciones de última hora de otros destacados autores y blogueros que, por supuesto, serán bienvenidos.
La charla tendrá lugar dentro de las Jornadas Escritores en el Bar, que organiza la Academia de Mitología Creativa Jules Verne de Albacete, la Fundación Fanzine con Z, y Asociación de Amigos de la Malta. La asistencia será libre y gratuita (no así la cerveza).

*Actualizado.

martes, 2 de marzo de 2010

Una caña y un Parker, nano!

Los libros y la barra de bar se unen en Valencia en tres librerías-cafeterías
Valencia, 2 mar (EFE).- El barrio Ruzafa, uno de los más multiculturales de Valencia, apuesta por una nueva tendencia en su hostelería: las librerías convertidas en cafeterías, y viceversa, una combinación de rincón para la lectura y barra de bar ya materializada en tres locales: Cosecha Roja (Sevilla, 20)Ubik (Literat Azorín, 13Slaughterhouse (Denia, 22).
Miguel Fuentes, propietario de Cosecha Roja y amante de la novela negra, explica a EFE que, "dada la actual situación económica", pensó en "compensar" la idea de abrir un negocio basado en su pasión literaria, con un bar, "que es el que aporta ingresos", ya que, afirma, "únicamente con el libro es complicado vivir".
Así nació, hace seis meses, la única librería-café especializada en el género negro en Valencia, y una de las pocas que pueden contarse en España, según apunta Fuentes, quien conoce otra similar en Barcelona, que le asesoró al montar el negocio y que, "tras mucho tiempo operando, es de las más fuertes del país".
El "cómputo general" que hace el dueño de este local de la calle Sevilla es "positivo", pues "cubrimos gastos y empezamos a ganar dinero". Un balance parecido al que realiza Jacobo Hortas, uno de los tres socios de Slaughthouse, donde también se puede "tomar algo" rodeado de libros de la más variada oferta, además de comprarlos.
El copropietario de Slaughthouse, ubicado en una antigua carnicería que acoge, además, exposiciones y presentaciones de libros así como conciertos para apoyarlas, afirma que "el bar aporta el principal ingreso", aunque "los libros también se venden, no como quisiéramos, pero parece que la gente sigue leyendo".
Para Hortas, la clave del funcionamiento de su establecimiento, que abrió en septiembre en la calle Denia, es "la novedad" que aporta: "Es cierto que cada vez hay más, pero sigue siendo algo diferente, que al fin y al cabo es lo que la gente busca, algo que te sorprenda".
Ubik, que fue el primero en abrir -hace algo más de un año en la calle Literato Azorín- y vende libros de segunda mano, se define como "centro multicultural", con el que se completa el trío de locales de Ruzafa destinados, mediante su oferta literaria y hostelera, a "alimentar cuerpo y mente".
(A estas chicas les encanta Philip K. Dick, Bill Pronzini y la Mahou)

miércoles, 8 de julio de 2009

Bestiario de bar (1): El Sabio

Leer la prensa y ver los telediarios no sólo informa, sino que enseña al que no sabe. El efecto secundario de esto es que hay individuos que, tras devorar muchas noticias, se convierten en sabios. De aquí que, los filósofos, los dueños de todo el conocimiento, estén acodados en las barras de los bares.
Estos individuos, seres preferentemente mayores de 50 años, prejubilados o directamente abonados al Inserso, dedican su tiempo de ocio, que suele ser todo su tiempo, a ir a los bares a adoctrinar a las masas. Su primer actividad diaria es leerse los periódicos sin comprarlos, para ello se desplazan a los hogares del jubilado o a las cafeterías. Con el conocimiento vampirizado de la letra impresa, la información recogida en el telediario del mediodía y algo de radio nocturna del día anterior, ya están listos para transmitirnos sus conocimientos, que abarcan casi todos los campos, y es que estos tipos saben son una wikipedia ambulante, aunque suelen especializarse en temas perfectamente definibles según la sección del periódico que más les guste o el tema de moda en los mass media. Cuando Fernando Alonso tenía un coche que corría, todos sabían a cuántas paradas había que repostar en Monza; si se estrella un avión, dilucidan enseguida que se trata de un problema con los flaps... Ahora mismo, la crisis es un filón constante a explotar y desarrollar por los sabios del bar. Si supieran los altos mandatarios la cantidad de expertos en macroeconomía de 60 años que pueblan nuestros establecimientos hosteleros, podrían sacarnos del pozo en veinte días, y sólo a cambio de un cartón de ducados y una arroba de vino. Intuyo que Botín sí conoce este hecho y celebra sus consejos de administración en la versión más cercana a su casa de Vinos el Gordo.
El ojo avizor de estos sabios para el análisis de la realidad les hace, además, los más indicados para descorrer las cortinas de humo y revelar conspiraciones, como la presunta muerte de Michael Jackson (que en realidad, está vivo), dónde esta el dinero de Madoff o quién mató a Roger Rabbit. Sí, amigos, las observaciones de estos fulanos suelen ser más acertadas que las de los tertulianos de Susana Grissom, e hilan con más coherencia los datos más dispares; y todo ello, a base de memoria, no en vano estamos hablando de una generación a la que obligaron a aprenderse de carrerilla la lista de los Reyes Godos y toda la orografía hispana.
Pero su dominio de la actualidad no se circunscribe sólo a lo ya dicho, sino que en su vasta sapienza brillan con luz propia los temas locales, el conocimiento de primera (o las más de las veces) segunda o quinta mano y la experiencia aportan ese cariz especial tan reclamado hoy en día por los gurús del periodismo. Si quiere usted saber por qué no se construyen más zonas verdes, quién y cuánto se llevan en negro los constructores de VPO, qué gustos y otros temas por el estilo referentes a su localidad, vayan a un bar y aprendan.
Si bien la convicción de sus palabras es escalofriante, su principal defecto es que no saben dosificarse. La gente común está hoy en día sobreinformada, así que recibir una lluvia de datos en los diez minutos que tienes precisamente para desconectar y tomar un cortao, no ayuda al reconocimiento de la gran labor social que el sabio de bar desempeña. Aunque pueda sonar extraño, la verdad es que estos prohombres, en la gran mayoría de los casos, se ponen muy cansinos. Pero ellos no cejan en su empeño, ante la falta de público ya se encargan de darle la tabarra al camarero, y aún en el improbable caso de que este se hiciera el sueco, siempre pueden hablar solos, en voz alta, emulando a aquellos profetas que aleccionaron a nuestros ancestros. Su audiencia favorita, como no podía ser de otra manera, son los jóvenes, seres indefensos en un mundo cruel a los que tienen la obligación de abrir los ojos, y éstos, pillados por lo general a traición, o tragan y asienten en silencio, o les preguntan con genuino interés (de que todo hay). Los sabios de bar normalmente admiten derecho a réplica -que no es recomendable hacer-, aunque jamás dan su brazo a torcer. Con el Maestro no se dialoga, se escucha en silencio y se aprende.
El mayor peligro es cuando se topan dos tipos de estos. El duelo entonces puede ser de dimensiones épicas, ruidoso y, en ocasiones, hasta violento. A esto último ayuda si el alcohol forma parte activa de la confrontación de ambos monólogos. En todo caso, es un espectáculo.

martes, 14 de abril de 2009

De cafés y cervezas

Me cuentan los amigos de viven en otras latitudes que por aquellos lares no se estila lo de quedar a tomar café. Se queda a las cañas, de vinos, pero no a echar un café a media tarde, pero me resisto a creer que esta sana tradición de cortao y tertulia sea algo propio de los albaceteños, y más bien culpo a mis amigos de no saber muy bien con quién se juntan... De lo que sí puedo dar fe es de haber recibido miradas extrañas -pero aquí y en otras ciudades- cuando después de un café pido una cerveza, como si con ello perturbase el orden natural del universo o estuviese violando alguna clase de mandato divino.
Pero no es así, independientemente de la cantidad o el orden de la ingesta, el café y la cerveza forman un binomio elemental en la dieta de cualquier persona de bien (así como la panceta y el gorrino en general); de hecho, basta un simple paseo por nuestras calles para comprobar que en Albacete no existe diferenciación entre bares y cafeterías, y surge aquí la figura hostelera por antonomasia que es el café-bar, donde lo mismo puedes desayunas un café con leche y una tostada de tomate, almorzar un bocadillo de lomo con tomate y mayonesa acompañado por una cuarta de tinto con casera, cenar una sepia a la plancha o ver un partido de fútbol rodeado de cubatas. Cualquier otro establecimiento es elitista, snob y está condenado al fracaso.
El café-bar tiene todo lo que el ciudadano medio necesita y todo lo que sueña, un paraíso en la tierra, de ahí que le guste entrar y le cueste tanto irse. El problema radica cuando el empresario, consciente de la acérrima fidelidad de la feligresía, se aprovecha de ello para ganar dinero impunemente a costa de nuestra salud y nuestro paladar. El dueño del bar no entiende nuestra devoción, nuestros sentimientos cuando, cual Quasimodo, entramos en su local pidiendo asilo y una caña, y por ello nos sangra donde más nos duele: en el café y en la cerveza.
Qué decir de ese oro negro que nos sirven en tazas cada vez más pequeñas a precios cada vez más altos... El café, por definición, es un artículo barato, cuyo beneficio para el hostelero es brutal, por ello, ya que nos lo cobra a precio de coltán, qué menos que exigir que por lo menos esté bueno. Ni por esas, el café albaceteño parece elaborado a partir de unas cuantas cagadas de mosca, agua y algo que nos dicen que es leche y que ahora se ha puesto de moda convertirla en espuma, supongo que por echar menos y para enmascarar el deleznable sabor de este brebaje salido del infierno. Un cortao, un euro (con suerte). Pero señores, qué cortao. La calidad de los cafeses albaceteños es peor que la del agua del grifo (quizá ahí radique el secreto de su éxitor). Ni aun recurriendo a las sólo-cafeterías de esas con una carta de cafés tan larga como mi pierna buena, no hay manera. Pagas 3,50 por un exprés Blue Jamaica y el dedal que te ponen sabe igual que el café con leche de la máquina del trabajo... Ah, las máquinas... Tengo memorables recuerdos diarreicos de la máquina de la Facultad de Magisterio, donde cualquier cosa que no fuera un con leche te provocaba una instantánea vista al váter, probablemente el más sucio del todo el campus, donde por poco no acababas vomitando a la par que evacuando los intestinos en la misma postura que Casillas ante un penalti. La de la Uned era simplemente una abominación salida del infierno. Supongo que debe tratarse de un oscuro plan de los Iluminati para fomentar el absentismo educativo por la vía digestiva.
Cuando viajo me arriesgo siempre a pedir un café, sólo para comparar, y hasta hace bien poco, en Madrid, los cafés estaban muy buenos. En Valencia no andan desencaminados, aunque ya surgen los locales dedicados en exclusiva a hacerte un lavado estomacal; en Ciudad Real o Cuenca por lo general tienen la calidad que gozábamos aquí hace quince años; en Granada va por barrios, Barcelona es muy cara, pero el café sabe a café, aunque lo mates con leche, y así, por todo el país. Pero en ninguna parte es tan vomitivo como aquí. Lo digo en serio, pareciera que una mano negra se cagara en nuestras cafeteras.
Luego está el segundo producto estrella más barato del local, la cerveza. A ésta cuesta más adulterarla, pero todos sabemos que es posible, y si no lo saben es que no se han pedido unos litros en la Feria. A nuestra bienamada rubia nos la trajinan por el precio. Es curioso que el segundo elemento con más agua en su composición después del café cueste diez o veinte céntimos menos que una cocacola o que una botella de agua. Todavía recuerdo cuando la mahou valía veinte duros... Después llegó el euro, el redondeo, y ahora tenemos la CAÑA a 1,20 (con mucha suerte) y el tercio, fuera del café-bar, más caro que una mortaja. Al menos que estemos en el apocalíptico mundo de El guerrero del amanecer, no tienen sentidos estos precios. Soy de los que prefiere tercio a caña (los quintos, extraño nombre para algo que en realidad contiene -generalmente- un cuarto de litro, ni los contemplo, son cervezas de juguete), y esto es porque, salvo honrosas excepciones, en esta ciudad no saben ni tirar cañas en condiciones. Tirar una caña (o una pinta, donde las haya, es lo mismo) debe exigir una habilidad y concentración mental que sólo debe de obtenerse tras años de entrenamiento con el señor Miyagi o algo así. Y ya de tapas ni hablamos.
Pero el caso es que, a pesar de todo lo mencionado, reincidiremos y volveremos a caer en la tentación... porque ¿qué sería de nosotros si no?

Reto Fanzine 2025. ¡Que 20 años no es nada!

Que sí, que este año hay Reto Fanzine. Cómo no iba a celebrarse si cumplimos, ahora sí que sí, ¡dos décadas! La tardanza en publicar esta co...