Ante un calor que quemaba,
en un campo abrasador,
tenía sed, quería agua,
y me acerqué al aspersor.
De éste el agua manaba
en un gran chorro a presión,
le seguí en su ruta de riego
y me sumí en el frescor.
Mojado de pies a cabeza,
gracias al buen surtidor,
me sentí reconfortado
y dije adiós al calor.
Adiós al fuera de juego,
y al gol que no llegó,
lo único que apaciguó mi alma,
esa tarde, fue el aspersor.
(Fotografía Carmen Cebrián)
El Pueblo de Albacete, 30 de agosto de 2010