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lunes, 2 de julio de 2012

Ponme las largas otra vez, Sam

La pasada noche llevé un vehículo pegado al culo con las largas clavadas en el cogote. Era su forma de hacerme entender que él era un ser superior, por encima de los códigos de circulación y del resto del tráfico y de los simples mortales. No es la primera vez que me ocurre, de hecho, por la hora y la carretera -la de Ayora-, no descarto que se trate del mismo imbécil.
Es sintomático de esta vía, cuya velocidad máxima es de 90, que los coches vayan o vengan más rápido de lo conveniente; pero hay unos cuantos personajes especialmente peligrosos y estúpidos a los que les gusta pisar el acelerador a fondo, adelantar a lo loco a cualquiera, y para colmo, putear al resto de conductores que no les siguen el juego.
De vuelta a casa, me incorporé a la carretera. El otro, que por descontado venía muy por encima de los cien, tuvo que reducir para no subírseme encima, y desde que me puse por delante, largas que te crío y violando la distancia de seguridad hasta el puente de entrada a Albacete. Luego torció y desapareció, dejándome la impresión de sus faros reflejados en los retrovisores clavada en las retinas, y una cierta sensación de desasosiego. Realmente, lo que me hubiera gustado era echarme a un lado, parar el coche y meterle por la garganta hasta que le asomara por el culo la garrota de nogal del abuelo que llevo en el maletero. Pero claro, uno está medianamente civilizado y no tiene espíritu de Mad Max.
Hay que tener en cuenta que esta recta soporta un respetable volumen de circulación -y por eso no podía adelantarme, como supongo ansiaba-, con profusión de tractores y autoescueleros. También que -estoy seguro- esta carretera tiene la tasa más alta de perros y gatos atropellados -todas las semanas cae uno-. Asimismo, hay que recordar que, en el primer kilómetro de la CM-332 desde Albacete el límite es de 50 km/h. Y para colmo, los arcenes suelen estar repletos a casi todas horas de ciclistas de todo pelaje, desde profesionales a tonys dominguers. Con todo esto, lo de hacer el hijoputa con el coche por aquí no debería ser tan fácil ni tan común. El día menos pensado encontraremos que las habituales tripas esparcidas por tierra -en serio, mueren muchos animales aqui- pertenecen a una persona.
Pero estos siniestros pensamientos no caben en la mente de los psicópatas del volante. Ellos son dioses con prisa, dictadores del asfalto a cuyo paso deben abrirse los carriles y el resto de vehículos como las aguas del mar Rojo ante Moisés. Ay de aquel que se atreva a desafiarlos, pues sobre él caerá la furia de su conducción temeraria, sus faros de xenon y sus insultos. Es gracioso, porque este espíritu cabrón es independiente del tipo de vehículo que se lleve, desde el coche grande y caro, al turismo gorrinero, del camión de reparto al autobusero. Da igual, porque lo que aquí se está midiendo es la voluntad, y la razón, y esta gente, como los fanáticos y los terroristas, creen tenerla de su lado. Los demás somos subhumanos, escoria lenta, meros obstáculos en su camino... ¿Hacia dónde? ¿Adónde corren estos idiotas con tanta prisa? ¿Acaso en su ruta no hay señales de stop, ceda el paso, cruces, semáforos, peatones, u otros coches que les hagan ralentizar, o detener su marcha? ¿Solo yo me interpongo en su camino? ¿Su vida es más importante que la mía, y por eso no les importa joderme y ponerme en peligro con tal de que ellos no pierdan cinco minutos más al volante de su querido vehículo?
Pues no. Así que, amigo, tú sigue poniéndome las largas otra vez, si eso te hace sentir más hombre. Ponlas, y a ver qué pasa. No deseo que te mates, ahora no. Pero puede que, un día de estos, te pille la Guardia Civil y te cruja vivo la cuenta corriente. O un radar de esos con afán “disuasorio” y “no recaudador”. O puede que alguien te disuada en persona y te haga crujir las costillas con un metro veinte de nogal.



El Pueblo de Albacete, 2 de julio de 2012

domingo, 24 de julio de 2011

Bastardos y cabrones (Sesenta mil satanases, 72)


Siempre me ha llamado la atención que, tradicionalmente, se haya venido traduciendo en España el insulto norteamericano "bastard" por "cabrón". Sospecho que la equivalencia viene dada por razones algo prosaicas -dado que ambas son palabras bisílabas cuadran mejor en el doblaje de las películas-, porque, etimológicamente, son dos conceptos muy distintos.
Bastardo es el hijo de padres no casados -porque no pueden o quieren casarse-, hijo ilegítimo, natural que se decía antes, por lo que pudiera pensarse que, empleado para insultar, su equivalente español estaría más cerca del hijo de puta, puesto que cabrón, en origen, era quien además de cornudo, era apaleao, el que es engañado por su mujer y encima consiente.
Son dos afrentas distintas al honor. Al bastardo se le echa en cara ser un hijo ilegítimo, concebido y nacido fuera de la institución matrimonial, con lo que se menta por extensión a los progenitores. Y aunque se infiera así que la madre era un poco ligerica de bragas, una frescales que no consiguió cazar marido, el insulto se focaliza en el origen del aludido, en la deshonra de, sin tener culpa, no ser reconocido, no tener apellido, ni clan ni casta.  Como un perro callejero. En una nación traumatizada por sus escasos tres siglos de historia, que busca y usurpa referentes históricos remotos del pasado de sus colonos -y el ejemplo lo tienen en la obsesión cinematográfica por Roma-, ser un don nadie es un estigma demasiado doloroso e hiriente, peor aún que ser un motherfucker.
El cabrón español es aún más grave, puesto que además de sugerir que la esposa le es infiel, el sujeto, además, consiente. Por lo tanto, la ignominia atañe directamente a la escasez de valor torero del varón, un golpe bajo y mortal al macho ibérico, un eufemismo para calificarte de impotente. El cabrón pues, en origen, no puede satisfacer los deseos sexuales de su mujer, y deja que lo haga otro. En este caso, la carga ofensiva se centraliza en el macho hispano, y hasta podría considerarse a la esposa insatisfecha como una víctima de la incapacidad eréctil del cónyuge, por lo que no es insulto machista. En un país como el nuestro, de donjuanes y latinlovers, donde prima la testosterona sobre el cerebro, donde enseguida se ponen las gónadas sobre la mesa para solventar discusiones, en resumen, donde impera el cojoncentrismo, es evidente que ser un cabrón en stricto sensu es una afrenta gravísima, peor que un hijoputa.
Por supuesto, con el tiempo, ambas palabras han perdido casi toda su fuerza ofensiva. Son palabrotas coloquiales, tacos desprovistos, casi en todos los contextos, de su capacidad para herir y denigrar, quizás porque el concepto del honor se ha diluido como el jabón en una bañera. Defender la virtud, propia, de nuestra madre o nuestra pareja, se antoja un concepto más medieval de lo que permiten los tiempos, y en cierto modo, es normal porque uno no puede ir por la calle retando a un duelo al primero que nos nombre a la madre. Se le replica en los mismos términos, si acaso se enfatiza con la visión de un dedo corazón bien extendido y sanseacabó.
También es posible que hayamos asumido “nuestros pecados” de mejor forma que nuestros abuelos. Cuando ves los informes que señalan que en EEUU que dos de cada cinco niños ya nacen de madre soltera (el 39,7% del total de nacimientos, a fecha de 2009), te hace replantearte que en unos años lo raro será ser hijo “legítimo” en un estado de bastardos. Por cierto que en España el índice rozaba, en ese mismo año, el 26%. De maridos coronados y consentidores no he encontrado estadísticas, salvo una que indica que una de cada diez mujeres españolas confiesa haber engañado a su marido (por cuatro de cada diez hombres a sus esposas).
La palabra honor viene del latín “honos, honoris”, que describe las cualidades (rectitud, decencia, dignidad, respeto…) que debían tener las personas que ejercen un cargo público. De ahí surgen las palabras honesto, honrado, honorable, etc., y también sus contrarias (deshonesto, deshonrado) cuando el político carecía de estas virtudes. En este último caso, creo que es lícito, además, evocarlo con el bastard inglés, el cabrón hispano, e incluso con palabras de más de dos sílabas de estas y otras lenguas.


El Pueblo de Albacete, 24 de abril de 2011

viernes, 8 de abril de 2011

OutRun por el cementerio (Sesenta mil satanases, 57)

Si escribo OutRun, los de mi quinta sabrán perfectamente que se trata del videojuego de carreras donde manejábamos un Ferrari descapotable a través de un millón de carreteras, acompañados de una rubia, por el módico precio de cinco duros la partida. Aunque el Testarrosa rojo lo veíamos desde atrás, sus gráficos -patateros, en comparación con lo que se hace ahora- nos metían la velocidad en el cuerpo, y acabábamos apretando el volante con todas nuestras fuerzas cuando el crono llegaba a cero y no habíamos llegado al checkpoint o a la meta. Las generaciones posteriores, criadas a golpe de consolas y Grand Turismo, no han experimentado el adrenalínico chute del inolvidable pitido del semáforo, ni el temor reverencial de las señales de flechas rojas que indicaban las curvas, si bien no dudo de que, a su manera, conservan sus propios deliciosos recuerdos y vivencias respecto al mundillo de la velocidad virtual.

Recordé el otro día este arcade cuando, circulando por la carretera del cementerio, me adelantó un coche. No era un deportivo, ni siquiera era rojo, pero sus maniobras y su velocidad eran exactamente las mismas que la de aquel puñado de píxeles que imitaban a un vehículo.

Esta vía, para quien lo desconozca, es una pista estrecha de asfalto regulero, sin arcenes -nada que ver con las carretas del juego-, que discurre paralela a la autovía A-31 unos dos kilómetros, y que parece estar en perpetuo estado de obras -quizás por ello su denominación exacta sea Carretera "Nueva" del Cementerio-. Tras la última remodelación de su acceso por la rotonda de Vitalparque, entrar al cementerio se ha convertido en una especie de scalextric Hacendado, con rotondas mal señalizadas y sin iluminar, a varios desniveles, que amenazan con lanzarte, por aquello de la inercia y la fuerza centrípeta, por los aires si se cogen más allá de la segunda marcha.

Así, lejos de sentirte, por un momento, Steve McQueen en Bullit, lo realmente terrorífico llega cuando uno recorre esa recta hasta la carretera de Ayora, o viceversa, y se encuentra con que el límite marcado por la señalización de 60 km/h es meramente testimonial. No importan las bandas sonoras, los baches, las excavadoras, los peatones y ciclistas que se aventuran a pasar por aquí, el conductor habitual de esta vía -densamente transitada- se empeña en correr como si tratase de marcar sus iniciales en lo más alto de la pantalla del ránking.

Me resultan inconcebibles las causas a las que obedecen esos arrebatos de aceleración en esta carretera, por qué han de recorrerse esos dos mil metros y pico como si se escapase del fin del mundo si, a la entrada y a la salida hay una batería de stops, cedas, rotondas y semáforos que van a obligarte a frenar y perder esas décimas de segundo que, tan ansiosamente, el corredor ha ganado haciendo el hijoputa. Si la velocidad se contagia, como un mal constipado, entonces la culpa será de la autovía de Alicante, pero no creo que los tiros vayan por ahí.

Recuerdo el OutRun lo suficiente como para saber que el coche se salía de la pista, hacía unos trompos o te dabas unas hostias de campeonato contra las piedras. En los juegos de conducción más modernos, el realismo se extiende a los accidentes, y las colisiones acaban muy mal. En la vida real, no hay que explicar lo que sucede en una de estas circunstancias. Y aun así, con dos cojones y turboinyección, son muchos los que se disparan a sí mismos por este carril sin fuste, como si, de camino al trabajo o de vuelta a casa, en esos dos kilómetros, pudieran sentirse a los mandos de un Ferrari, con una rubia despampanante de copiloto en lugar del moreno Alex, el colega sin coche. ¿Tan monótona, y por consiguiente, despreciable, es la vida para algunos que tienen que ponerla en riesgo al menos durante unos minutos? Sentirse vivos, en la vía del camposanto. Una curiosa paradoja. O una muestra más de gilipollez extrema albaceteña.

El Pueblo de Albacete, 10 de abril de 2011


viernes, 22 de mayo de 2009

Elogio de la hijoputez albaceteña

el autor de este libro no es albaceteño, pero casi
Por si no han tenido la suerte de viajar a Granada, les diré que existe allí algo común a todos sus habitantes, certificado y comprobado por interesantes estudios, con más arraigo y orgullo que la Alhambra; me estoy refiriendo a la malafollá granaína, una suerte de mala leche gratuita, sin provocación previa, que aún a riesgo de confundirse con mala educación, no es sino un rasgo innato en el granaíno contra el que nada puede hacerse, más bien al contrario, el vecino de esta capital andaluza lleva con orgullo su mala hostia allá donde va. Es esta malafollá, por ejemplo, la que hace que anden por las aceras como si fueran suyas y sean incapaces de apartarse cuando tu trayectoria y la suya convergen en un punto. Quien esto suscribe ha desarrollado con el tiempo, y tras sucesivas visitas, un sistema infalible para evitar colisiones indeseadas con los granaínos, mezcla de andar más rápido que ellos y choques lo más violentos posibles al azar. El granaíno no es tonto, y cuando ve a uno de sus congéneres volar hacia el asfalto tras impactar contra un tipo de 100 kilos suele hacerse tímidamente a un lado (salvo que su masa corporal sea superior a la mía, claro).
Y es que en Albacete tenemos algo peor, más peligroso, que es la hijoputez. Al contrario que nuestros amigos del sur, el hijoputa albaceteño no nace, se hace; si la malafollá es algo innato, la hijoputez se aprende, se desarrolla y se trabaja para aumentarla, no en vano es un método de supervivencia, mezcla de la desconfianza de la Mancha central con el pretender metértela doblá del Levante. La malafollá sale de dentro, de los genes, del instinto, es un ataque; la hijoputez se gesta en la mente, es cerebral, premeditada y con alevosía, es una defensa, una reacción, una vendetta, un “pa hijoputa yo”, de ahí que supere con creces a la mala hostia granaína, ellos joden por joder, nosotros para ver si podemos joder pero bien, a conciencia, y para ello no nos importa saltarnos normas, convenciones morales y hasta la ley, si es menester. Al contrario que el granaíno, que va con la malafollá por bandera, el albaceteño no reconocerá públicamente que es un hijoputa.
El hijoputa albaceteño es un tipo potencialmente peligroso cuando entra en fase, sobre todo porque no anuncia su acto vengativo, al menos no más que con un “ahora verá ese cabrón” o el ya mencionado “pa hijoputa yo”. Tampoco le preocupan las consecuencias. Es un hombre sin miedo. Y lo peor es que no actúa contra nadie el concreto, sino contra todos, contra el mundo; el hijoputa guarda todas y cada una de las afrentas que le han sucedido a lo largo de su existencia, y luego la víctima se convierte en verdugo indiscriminado, con una especie de ansia por devolverle al karma las putadas recibidas, generando a su vez otro futuro hijoputa. La hijoputez se convierte así en una reacción en cadena que se retroalimenta constantemente, el móvil de eterno movimiento.
El hijoputa albaceteño es el que aparca en doble fila delante de otro coche en doble fila en la parada del autobús, el que se cuela en la caja del Mercadona con aquello de “sólo llevo una cosa” y de repente saca de la nada un carro a reventar. Es el político que deshace lo contruido por quien antes ocupaba su asiente, aunque sea del mismo partido. Es la vecina tiene las sábanas lavadas con lejía encima de tu ropa. Es el fritilla que pone la radio a todo volumen a la hora de la siesta; el tipo grandaco que anda empujando a la gente por las aceras del Zaidín... En fin, los ejemplos son innumerables, sólo hay que darse una vuelta por la ciudad para comprobarlo. Y sí, hay hijoputas similares en casi todas partes, y no necesariamente albaceteños, pero a buen seguro que el origen de esa hijoputez está aquí, ya sea porque el hijoputa forastero visitara la ciudad y la sufriera en sus carnes o porque tropezara con un nativo del llano allá en su localidad. Puede que exportemos navajas, vino y queso, pero el principal recurso llevado allende nuestras fronteras es la hijoputez.
Consideren, en último lugar, lo que sería la máquina perfecta, el terminator definitivo, el ángel vengador por excelencia: un granaíno de Albacete. Como mi mujer.

Reto Fanzine 2025. ¡Que 20 años no es nada!

Que sí, que este año hay Reto Fanzine. Cómo no iba a celebrarse si cumplimos, ahora sí que sí, ¡dos décadas! La tardanza en publicar esta co...