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domingo, 16 de junio de 2013

Universita como puedas


Ahora que los chavales han acabado los exámenes de selectividad, o como diablos se llame ahora, me pregunto si alguien les habrá explicado que ni se les ocurra estudiar Magisterio. Una carrera que tiene como objetivo, hoy por hoy, crear opositores, de los que uno de cada cien se convertirá en interino, y de los que uno de cada mil conseguirá una plaza tras trabajar y dar tumbos por toda la región entre cinco y diez años, no puede ser buena. Es más sencillo acabar de minero en una plataforma petrolífera en el Mar del Norte. De hecho, hay ya tantos opositores y tantos interinos que si cerraran las escuelas de magisterio durante diez años los colegios no lo notarían.
Como la de maestro de escuela, hay un montón de carreras que no sirven, hoy por hoy, absolutamente para nada. Miren sino la de periodismo, otro cáncer sin futuro. Dado que hay que amortizar bien tanto el tiempo, pero sobre todo el dinero, el deseado y carísimo dinero, espero por el bien de los futuros universitarios que estos hayan sopesado bien hacia dónde encaminar sus pasos, porque, salvo los que tengan padrinos y el riñón bien cubierto, el resto tendrá una sola oportunidad de sacar su título adelante.
En el mundo universitario, las más de las veces, uno no estudia lo que quiere, sino lo que puede pagar. Y a veces uno comete el error de tirarse de cabeza a carreras para las que no está preparado/formado previamente, pensando que con esfuerzo y trabajo se sacará adelante (y salvo que tengas una voluntad a prueba de frustración, jamás lo conseguirás). Otras, justo al contrario, se va a lo fácil, a conseguir un titulillo sin calentarse mucho la cabeza –hola, Humanidades- y de paso retrasar la incorporación al penoso mundo laboral, o lo que es lo mismo, prolongar la sopa boba cuatro años más. Hay honrosas excepciones, claro, pero no me digan que no han conocido gente así.
Porque si bien es cierto que tener un título universitario nunca ha sido garantía de nada, al menos que yo haya visto, también es cierto que hay Títulos, títulos y etiquetas de anís del Mono. Y si hace veinte años, a los de mi quinta nos insistían en que había que estudiar una carrera para ser alguien en la vida, lo cierto es que una vez tuvimos el papelito mágico en nuestro poder, la gran mayoría no apreciamos un gran cambio en nuestras paupérrimas vidas. Más bien al contrario, en tiempos precrisis, escuchaba a muchos colegas licenciados en paro exclamar aquello de que, si en lugar de estudiar se hubieran metido a ferrallas, a esas alturas ya tendrían casa, coche, parcela con piscina, vacaciones en Cancún, y una buena cuenta de ahorros. Y entonces tenían razón, porque veíamos pasar desde el banco del parque a los tipos de la construcción, los mismos que no habían terminado el bachillerato, al volante de sus Mercedes Clase C. Ahora ya ni siquiera puedes soñar con eso, porque la crisis niveló el estatus, dejándonos a casi todos a cero points, y aspirando a cobrar algo en negro por una chapucilla.
Ahora coge el folleto de un campus cualquiera y comienza a tachar carreras que carecen de salida laboral, cuando no de cualquier aplicación práctica en el futuro, y puede que acabes con un buruño ilegible de tachaduras. Porque la incertidumbre es tal, que carreras que parecían apuestas seguras ahora son más indecisas que el añil (¿es azul, es violeta?). Parece más seguro echar una primitiva que estudiar cuatro, seis o diez años para acabar en el paro o volando en Ryanair a Darlington para trabajar de camarero.
Pero, insisto, como hay excepciones hay carreras que sí funcionan. Me pregunto si las universidades no deberían ser las primeras interesadas en dar con ellas y promocionarlas. Si, hasta que cambien las tornas, deberían erradicar aquellas carreras que no sirven para nada, sin miedo, como el comerciante que retira el género caducado, y ofrecer producto fresco y con garantías. ¿Sería tan disparatado como suena o estaría bien?
En todo caso, lo que está claro es que, lo mires por donde lo mires, estos preuniversitarios lo tienen bien jodido.


lunes, 17 de diciembre de 2012

Antes del Fin del Mundo

Anda todo el mundo medio idiota con esto del fin del mundo. Aunque casi nadie se lo toma en serio –hay quien sí-, se ha convertido en un tema recurrente de conversación. ¿Qué vas a hacer el día de antes del fin del mundo?, te dicen, y uno se muerde la lengua hasta averiguar si estás ante un cachondo o un imbécil para poder responder en consecuencia. Y es que a quien te lo inquiere de broma, aunque no tenga gracia, siempre puedes devolverle la intención espetándole cualquier réplica disparatada.
Pero, ojo, con ese que parece buscar sentido a la vida en tu contestación. ¿Qué harías un día antes de que todo se fuera al pijo? Sinceramente, nada bueno, pero eso no lo puedes decir, claro, no puedes dejar entrever la negrura del alma humana que llevas dentro y sueltas algo del tipo “reunirte con mis seres queridos” o algo así, que no tiene por qué ser del todo mentira pero, sí acaso, tampoco iba a ser lo primero en el orden del día.
“¿Cómo sabes que el fin del mundo no ha sucedido ya?”, me decía alguien el otro día, y me citaba a Aldous Huxley para reforzar su idea: “¿Cómo sabes si la Tierra no es más que el infierno de otro planeta?”. Hombre -le dije-, primero, porque no se está tan mal, y segundo, porque sigues aquí de una pieza. Ay, ese lado malo que tenemos todos, alimentado de traumas, rencores, frustraciones… Esos deseos insatisfechos, envidias y venganzas serían lo primero que aflorarían en nuestras últimas horas sobre la Tierra. El caos, la devastación y los ríos de sangre correrían por las calles desde el último amanecer hasta nuestra última hora de vida, en la que, entonces sí, correríamos a abrazarnos a nuestra madre, pareja o el perro. Pero hasta la llegada de ese momento de súplica y rendición a lo inevitable, bien seguro que a todos nos gustaría ajustar algunas cuentas, no vaya a ser que en el Juicio Final también haya abogados.
La milonga de las escenas de pánico del año 1000, que nunca existieron, iban a hacerse ahora realidad, solo que en lugar de dejarnos llevar por el terror ante el advenimiento del Anticristo,nos liaríamos la manta a la cabeza para ir tachando nombres de nuestra lista negra a golpe de faca y recortada. Porque así somos los humanos, rencorosos cual ángeles vengadores, cabrones como perros del hortelano del infierno. Aquí no sobrevive ni Dios.
Pero tranquilos, que como pasó con el Efecto 2000, ese que iba a dejar caer a los aviones sobre nuestras casas, no pasará nada. El sol saldrá, el paro aumentará y la vida seguirá su discurrir habitual. Y los agoreros apocalípticos de turno se sacarán de la manga dentro de unos meses un almanaque azteca, un párrafo bíblico o cualquier otra sandez con sabor a antiguo, que ya se sabe que cualquier mierda, cuanto más vieja y oriental sea, más axiomática tiene que ser, y volveremos a estar como los galos de Asterix,temiendo que el cielo se desplome sobre nuestras cabezas.


El Pueblo de Albacete,  17 de diciembre de 2012

domingo, 16 de septiembre de 2012

Albacete necesita un pilón

Si esta ciudad tiene un problema es su complejo de inferioridad, que trata de compensar haciendo gala de una imposible superioridad. O dicho de otra manera, somos un pueblo grande que se cree una gran ciudad, y se avergüenza de lo primero mientras aspira a lo segundo.
Es, por culpa de este trastorno cuasi bipolar, por ejemplo, que a lo largo de los años, de las décadas, de nuestras calles haya desaparecido cualquier vestigio que oliera a viejo, salvo honrosas excepciones como el Recinto ferial, y reemplazado por monstruosidades más cosmopolitas. La arquitéctonica no deja de ser la cirugía estética de las urbes, y aquí se han extirpado sin conocimiento ninguno bellezas clásicas, para inyectar silicona y bótox, en forma de rascacielos/termiteros, urbanizaciones playeras de secano, y estaciones de acero y cristal. Todo para parecer más modernos, más como Madrid.
Porque eso de las tradiciones, volver a las raíces y al campo de nuestros abuelos está muy bien dos días al año, viste mucho y es muy bonico en un festival folklórico, una cabalgata vestidos de manchegos deluxe para la Feria, o una exposición de aperos en el Museo; y muchos vivas a la navaja y al ajo mataero, pero luego lo que se lleva son los palillos chinos para el sushi. Seamos sinceros, en Albacete, a la hora de la verdad, se desprecia todo lo que huele a pueblo.
Y es un error. De hecho, la malísima situación en la que nosotros nos encontramos deviene en gran medida de tanto querer estirar el cuello. Porque si alguien ha vivido por encima de sus posibilidades hemos sido nosotros, pero no ahora, sino desde hace décadas. Si casi hay que agradecer que apenas tengamos industria, porque si no, en lugar de un Teatro de la Paz y la promesa de un Museo del Circo, tendríamos dos Guggengein en la Vereda de Jaén y un puente de Calatrava para ir a Campollano.
¿Nueva York de La Mancha? No llegamos ni a Nueva Jersey. Somos una Variant trucada para que corra más, una cincuentona recauchutada para aparentar veinte años, un atleta inflado de esteroides y dopado hasta las cejas. El visitante que se da una vuelta por nuestra ciudad percibe enseguida esa irracional falta de respeto por lo antiguo, y la carencia de cualquier sentido estético y práctico en nuestra arquitectura. Siempre que me he tropezado con gente realmente interesada en conocer cómo es Albacete, no sé qué contestarles cuando me preguntar por el casco histórico. Me gustaría mandarlos al Alto de la Villa o a Carretas, pero no tienen nada que ver allí, así que les digo que se den una vuelta por la Posada del Rosario y por fuera de la Feria, y si quieren flipar en colores, que pasen a la Catedral, perfecto ejemplo de la idiosincrasia edificadora albaceteña. Aquí no hay nada que ver, o al menos nada que no se pueda ver en una mañana.  
La arquitectura es un reflejo de los habitantes, la gente se siente identificada con sus edificios singulares. La celebración de cualquier cosa, cuando se convierte en tradición siempre está ligada a un lugar, a unos edificios. En Albacete, el más claro ejemplo de esto es la feria de septiembre y el recinto ferial. Hay muchos más: la fuente de la avenida de España para las celebraciones deportivas, las mismas tascas en el paseo ferial, la feria del libro de ocasión en el Paseo de la Libertad... Si quisieras acabar con cualquiera de ellas, solo tienes que acabar con el lugar, hacerlo inaccesible, o directamente destruirlo. Eso es lo que ha ocurrido aquí, con Villacerrada, con el parque de Abelardo Sánchez, con el Altozano, con la inexplicable devastación y reducción a la nada de la Plaza Mayor. Todo en nombre del Progreso. Pero por culpa de la madriditis, del paletismo ilustrado nuestro, que se avergüenza del bancal, o recurre a él solo para disputarle al murciano el agua o presumir de vino y cordero autóctonos en los restaurantes de fuera.  
Y luego para qué, para quedarnos solo con lo malo de las grandes urbes, nada más que tráfico y falta de aparcamiento, contaminación, precios desorbitados de todo, viviendas que lindan con Chinchilla y La Gineta, parques en los que ni siquiera puedes tumbarte en el césped, y cuatro eventos medianeros para aparentar. Si ni la celebración del centenario ferial nos salió bien.
Maldita sea, ni siquiera tenemos un pilón donde arrojar al forastero. Un pilón donde zambullir al cansino, al que se pasa de listo, al que ha hecho mal, pero también al que se casa, a los quintos –que existen, aunque no hagan la mili-. Un pilón en un pueblo es tan importante como la iglesia o el casino. ¿Dónde está el nuestro? Ah, no, perdón, que es que somos tan guais que no tenemos. A lo mejor por eso se escapan tantos vivos de aquí, y los espabilados, sin miedo al agua helada, campan a sus anchas.
Así nos luce el poco pelo que nos queda.   









El Pueblo de Albacete, 17 de septiembre de 2012

domingo, 15 de julio de 2012

Mierda de verano


Nadie está libre de ponerse malo en verano. Lo normal, por desgracia, es que sea el estómago el principal damnificado por los excesos y los calores estivales. También puedes quemarte la piel, coger unos hongazos en los pies, sufrir de insomnio, afecciones en la garganta, resacas criminales, infecciones en orificios varios... Las causas pueden ser múltiples, desde el mismo sol al aire acondicionado, y pueden sufrirse desde por accidente a por inconsciencia pura y dura. Pero el caso es que, al final, uno enferma, y si es del estómago, ten en cuenta que sucederá en tus escasas, valiosas, caras, planificadas y rebuscadas vacaciones.
Así que estás predestinado a pasar entre dos y cuatro días poco menos que cagándote encima al año, llorando en la taza del váter cuando deberías estar tendido en la playa, con una cerveza fresca en la mano –y no una litrona de aquarius-. Mientras te azuzan los retortijones y sientes cómo tus entresijos parecen derretirse para luego ser expulsados a presión veinte minutos más tarde, en lo único que piensas es en que deberías estar viendo iglesias románicas, bodegas locales, atardeceres playeros, chicas en topless, cualquier otra cosa que no fuera la insulsa puerta del lavabo.
Tiene narices que te pases el año trabajando como un mulo, no, como Conan en la noria, dando vueltas sin descanso y sin ir a ninguna parte, más dopado que un equipo ciclista para soportar lo que te echen y lo que venga, esforzándote por convertirte en superman, invulnerable a todo para no cogerte ni una baja, y es, precisamente, en las vacaciones de verano cuando aparece la kriptonita que te ancla a la taza adonde, como haría Lex Luthor, se asoma victorioso el calvo.
A esas alturas, ya no tiene sentido repasar mentalmente tus últimos pasos antes del fin del mundo para descubrir qué te convirtió en un despojo incapaz de retener dos puñados de arroz hervido. Los causantes del virus que, en lugar de convertirte en un walking dead, te han reducido a una masa informe de sudores fríos, vómito y diarrea, bien pudieron haber venido en la paella del chiringuito; en el agua del grifo que tuviste a bien beberte en lugar de pagar tres euros por una botella de mineral; en el plato de gambas que te pusieron de tapa en aquel tugurio donde parecían fregar los vasos con arena;  quizás en aquel pincho de tortilla que parecía consagrado a Satán; en aquel segundo de pez espada que sabía a merluza y olía a perro mojado; en la sangría del chiringuito; la cachimba de la tetería donde no te importó que no tuviera boquilla; o, lo peor de todo, algo que te haya pegado el primer y único ligue vacacional que te llevaste a la boca. En realidad, da lo mismo, porque el secreto es que sin duda se trata de un castigo divino, por la que debes expiar tus pecados a chorro por vía rectal.
Y claro que puede ser peor. Porque las cagaleras de la muerte, como los huevos kinder, siempre traen sorpresas. La intoxicación con la que te ha maldecido el destino tiene onda expansiva, y la intención real de un combo vómito-diarréico es la humillación. Desarmado y cautivo de tus efluvios incontrolados, no puedes más que rendirte a la evidencia de que la especie humana no es tan poderosa ni tan lista como parece, ni tan guay ni tan cool como nos dicen. Poco nos distingue de una babosa en ese momento. Pero la ignominia no sería completa si la sufrieras únicamente en soledad, lo suyo es que te suceda con un ligue o una pareja reciente, los suegros, la familia lejana, un vecino, de tal manera que este o estos acaben enmierdados –incluso literalmente-, y se vean obligados a prestarte su atención y sus cuidados, o eso o dejarte morir, lo que les joderá por extensión sus propios planes vacacionales, y creará una onda expansiva de malrrollismo de efectos devastadores. Es lo que se conoce como, parafraseando al paisano de Fuenteabilla, mierda para todos.



El Pueblo de Albacete, 16 de julio de 2012

lunes, 20 de diciembre de 2010

Nos la van a meter doblá...


...y con los pelos p'adentro.
Y estoy hablando de la Ley SInde, cuya aprobación de tapadillo parece imparable mañana martes.
Más información aquí y aquí.
Son estas cosas las que me hacen pensar en el brutal retroceso de las libertades que estamos experimentando en los últimos diez años. Mire donde mire, solo veo prohibiciones y zancadillas, un ansia institucional por aborregarnos y convertirnos en putos zombis.
Es lo que pasa cuando se legisla con el bolsillo, presionado por las corporaciones, de aquí y de fuera, que financian/publicitan a los partidos. Es lo que pasa cuando los políticos cobran en piscinas, cuando les preocupa más su escaño que la gente que les votó, cuando les interesa quedar bien con la señora Clinton y no con un tipo de Albacete (que les paga el sueldo).
Eso sí, el año que viene bien que vendrán a darme por el culo con sus carteles, sus lemas absurdos, sus papeletas electorales, sus programas más endebles que el envoltorio de los kinder sopresa. Que se vayan a la mierda. Todos.
Tenía un amigo de crío al que, después de leerse Drácula, le daba miedo encontrarse con un vampiro. Yo me leí 1984 y Un mundo feliz, así que pueden imaginarse qué me asustaba a mí.
A fin de cuentas, a Drácula podías cargartelo con una estaca, ajo y una cruz. Contra los otros monstruos no había escapatoria.
Llega el Apocalipsis...

sábado, 27 de noviembre de 2010

Veste a la mierda (Sesenta mil satanases, 39)

Ustedes, inteligentísimos lectores, se habrán percatado de que, ante el tópico navideño de los buenos deseos, la exaltación del amor fraternal, la paz y la felicidad con el que nos machacan de aquí hasta San Antón, ha surgido de unos años a esta parte un movimiento igual, pero de sentido contrario, que también ha alcanzado ya la categoría de tópico. No es sino el de arrojar vinagre sobre tanto sentimiento edulcorado y ciscarse en la alegría de vivir y en la madre que nos trajo a todos.
Tan típico de estas fechas como el árbol, el belén o los polvorones, son los más variados insultos como defensa ante la avalancha desbordante de gilipollez extrema que destila la Navidad por doquier. La películas con milagros del Papa Noel desde nuestras pantallas, los enervantes villancicos cantados por diablos de voces aflautadas que lo invaden todo -hasta las calles-, los adornos del chino, las luces parpadeantes que convierten cualquier sitio respetable en un burdel de Las Vegas, la tensión de las compras de regalos y de rebajas, la siempre incómoda y agotadora presencia de los parientes... Todo un buenrollismo que se confabula para envenenar nuestra ya de por sí tensa vida diaria, y con el que acaba uno deseando fervientemente convertirse en el Michael Douglas de Un día de furia.
No obstante, como eso de liarse a tiros es muy melodramático, además de estar mal visto y ser perjudicial para la salud, el único recurso que nos queda es el insulto. Es gratis, es fácil y es cómodo. Ordinario y soez, quizá, pero terapéutico.
Y dentro de la amplia variedad de exabruptos que podemos utilizar para golpear, manquesea verbalmente, en defensa propia, los más socorridos y liberadores son los viajeros, aquellos en los que envías al interfecto, ya sea persona, animal o cosa, a un destino no muy halagüeño. Simplificando, mandar a alguien a la mierda.
Las cualidades de la procacidad viajera radican en que no ofende al insultado per se, sino por el destino que se le desea, así, la mierda, en abstracto, no es un final de partida deseado para nadie. Sólo quienes han sufrido los hediondos efluvios del canal de María Cristina, retestinados bajo un sol veraniego, puede hacerse una idea aproximada, de la verdadera dimensión, de lo que sería tomar esta expresión de una forma literal.
Uno puede mandar a otro(s) a muchos sitios, siempre con el sano objetivo de que nos dejen en paz; desde ir a freír espárragos o morcillas, al quinto pino, a paseo, al infierno, a hacer puñetas o a hacer gárgaras, a la susodicha mierda y sus sinónimos, al pijo y sus derivados, y por supuesto, a tomar por culo y sus giros eufemísticos. Vemos cómo el acervo popular combina con sabiduría los más dispares objetivos, ya estén relacionados con la cocina o las funciones corporales, siempre con el ánimo de sacarse de encima, bien lejos, ese lastre que nos oprime, que nos envenena la sangre.
Merece especial atención el dicho metafórico tan nuestro de ir a zurrir mierdas con un látigo, que despierta en nuestra psique una poderosa imagen mental, dado lo escatológico, fatigoso e inútil de dicha tarea, para la que no acierto a encontrar una explicación razonable de su origen, salvo que fuera una especie de tortura medieval, como presumiblemente ocurriera con esa otra maldición albaceteña que habla de meter por vía rectal una caña rajada y llena de hormigas. Escalofriante.
Sin embargo, el destino anal es el preferido por los españoles en cuanto a envíos groseros. Y no precisamente porque se le desee al objeto de nuestras iras una experiencia sexual, sino en una apreciación de lejanía, puesto que "a tomar por culo" siempre se ha equiparado con distancias tales como años-luz. Que luego allí, en lontananza, a uno lo pongan, o no, mirando a Cuenca, es secundario.
Mi recomendación para estas fiestas es que, por higiene mental, todos nos apliquemos el cuento y mandemos y nos dejemos mandar al cuerno, a cagar a la vía, y a tomar por saco. Qué mejor respuesta para esos infumables mensajitos SMS en cadena que nos llenan la memoria del móvil, más falsos que un euro de madera, que una expresión sincera de desahogo. Mande a la mierda al jefe, a la suegra, al Gobierno, a quien quiera, con la contundencia y el savoir faire que Marcial el Gañán (Ernesto Sevilla) le dedicaba a su cuñado (Joaquín Reyes) en Muchachada Nui.
Quizá así cojamos la cuesta de enero con renovadas fuerzas.


El Pueblo de Albacete, 28 de noviembre de 2010

lunes, 8 de febrero de 2010

Yo para ser feliz quiero un camión...

Ustedes disculpen que no andemos muy literarios últimamente pero he visto este innombrable viodeoclip en el blog de WKR y no me resisto a ponerlo aquí, por dos motivos:
a) para regocijo visual de los amigotes salidorros lectores de este blog
b) como entrenamiento mental, porque no creo que tardemos en ver a todas horas esta alegre tonadilla en los anuncios de politonos y tal... (Lo mejor es que haga callo cuanto antes)

Con todo, es mejor que lo que escuchamos habitualmente en los bares...

Reto Fanzine 2025. ¡Que 20 años no es nada!

Que sí, que este año hay Reto Fanzine. Cómo no iba a celebrarse si cumplimos, ahora sí que sí, ¡dos décadas! La tardanza en publicar esta co...