Anda todo el mundo medio idiota con esto del fin del mundo. Aunque casi nadie se lo toma en serio –hay quien sí-, se ha convertido en un tema recurrente de conversación. ¿Qué vas a hacer el día de antes del fin del mundo?, te dicen, y uno se muerde la lengua hasta averiguar si estás ante un cachondo o un imbécil para poder responder en consecuencia. Y es que a quien te lo inquiere de broma, aunque no tenga gracia, siempre puedes devolverle la intención espetándole cualquier réplica disparatada.
Pero, ojo, con ese que parece buscar sentido a la vida en tu contestación. ¿Qué harías un día antes de que todo se fuera al pijo? Sinceramente, nada bueno, pero eso no lo puedes decir, claro, no puedes dejar entrever la negrura del alma humana que llevas dentro y sueltas algo del tipo “reunirte con mis seres queridos” o algo así, que no tiene por qué ser del todo mentira pero, sí acaso, tampoco iba a ser lo primero en el orden del día.
“¿Cómo sabes que el fin del mundo no ha sucedido ya?”, me decía alguien el otro día, y me citaba a Aldous Huxley para reforzar su idea: “¿Cómo sabes si la Tierra no es más que el infierno de otro planeta?”. Hombre -le dije-, primero, porque no se está tan mal, y segundo, porque sigues aquí de una pieza. Ay, ese lado malo que tenemos todos, alimentado de traumas, rencores, frustraciones… Esos deseos insatisfechos, envidias y venganzas serían lo primero que aflorarían en nuestras últimas horas sobre la Tierra. El caos, la devastación y los ríos de sangre correrían por las calles desde el último amanecer hasta nuestra última hora de vida, en la que, entonces sí, correríamos a abrazarnos a nuestra madre, pareja o el perro. Pero hasta la llegada de ese momento de súplica y rendición a lo inevitable, bien seguro que a todos nos gustaría ajustar algunas cuentas, no vaya a ser que en el Juicio Final también haya abogados.
La milonga de las escenas de pánico del año 1000, que nunca existieron, iban a hacerse ahora realidad, solo que en lugar de dejarnos llevar por el terror ante el advenimiento del Anticristo,nos liaríamos la manta a la cabeza para ir tachando nombres de nuestra lista negra a golpe de faca y recortada. Porque así somos los humanos, rencorosos cual ángeles vengadores, cabrones como perros del hortelano del infierno. Aquí no sobrevive ni Dios.
Pero tranquilos, que como pasó con el Efecto 2000, ese que iba a dejar caer a los aviones sobre nuestras casas, no pasará nada. El sol saldrá, el paro aumentará y la vida seguirá su discurrir habitual. Y los agoreros apocalípticos de turno se sacarán de la manga dentro de unos meses un almanaque azteca, un párrafo bíblico o cualquier otra sandez con sabor a antiguo, que ya se sabe que cualquier mierda, cuanto más vieja y oriental sea, más axiomática tiene que ser, y volveremos a estar como los galos de Asterix,temiendo que el cielo se desplome sobre nuestras cabezas.
El Pueblo de Albacete, 17 de diciembre de 2012
Pero, ojo, con ese que parece buscar sentido a la vida en tu contestación. ¿Qué harías un día antes de que todo se fuera al pijo? Sinceramente, nada bueno, pero eso no lo puedes decir, claro, no puedes dejar entrever la negrura del alma humana que llevas dentro y sueltas algo del tipo “reunirte con mis seres queridos” o algo así, que no tiene por qué ser del todo mentira pero, sí acaso, tampoco iba a ser lo primero en el orden del día.
“¿Cómo sabes que el fin del mundo no ha sucedido ya?”, me decía alguien el otro día, y me citaba a Aldous Huxley para reforzar su idea: “¿Cómo sabes si la Tierra no es más que el infierno de otro planeta?”. Hombre -le dije-, primero, porque no se está tan mal, y segundo, porque sigues aquí de una pieza. Ay, ese lado malo que tenemos todos, alimentado de traumas, rencores, frustraciones… Esos deseos insatisfechos, envidias y venganzas serían lo primero que aflorarían en nuestras últimas horas sobre la Tierra. El caos, la devastación y los ríos de sangre correrían por las calles desde el último amanecer hasta nuestra última hora de vida, en la que, entonces sí, correríamos a abrazarnos a nuestra madre, pareja o el perro. Pero hasta la llegada de ese momento de súplica y rendición a lo inevitable, bien seguro que a todos nos gustaría ajustar algunas cuentas, no vaya a ser que en el Juicio Final también haya abogados.
La milonga de las escenas de pánico del año 1000, que nunca existieron, iban a hacerse ahora realidad, solo que en lugar de dejarnos llevar por el terror ante el advenimiento del Anticristo,nos liaríamos la manta a la cabeza para ir tachando nombres de nuestra lista negra a golpe de faca y recortada. Porque así somos los humanos, rencorosos cual ángeles vengadores, cabrones como perros del hortelano del infierno. Aquí no sobrevive ni Dios.
Pero tranquilos, que como pasó con el Efecto 2000, ese que iba a dejar caer a los aviones sobre nuestras casas, no pasará nada. El sol saldrá, el paro aumentará y la vida seguirá su discurrir habitual. Y los agoreros apocalípticos de turno se sacarán de la manga dentro de unos meses un almanaque azteca, un párrafo bíblico o cualquier otra sandez con sabor a antiguo, que ya se sabe que cualquier mierda, cuanto más vieja y oriental sea, más axiomática tiene que ser, y volveremos a estar como los galos de Asterix,temiendo que el cielo se desplome sobre nuestras cabezas.
El Pueblo de Albacete, 17 de diciembre de 2012
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