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martes, 24 de diciembre de 2013

Reto Fanzine, no queda na

Fanzinerosos, en cuanto nos quitemos de enmedio el coñazo de la Nochebuena y la Navidad, al fin disfrutaremos de la verdadera fiesta de estas fechas: el Reto Fanzine.
Después de arduas negociaciones y muchas vueltas, nos juntaremos este viernes 27, en la Cafetería-Tapería Galdós (C/Pérez Galdós, 56), a las 19.30 horas.
Así que nada, mejor que vayais terminando de grapar y doblar, porque no queda na.
Feliz Saturnalia!!!


domingo, 29 de julio de 2012

Servilletas


En mi casa usamos servilletas de papel. Sé que hay de las otras, de las de tela, pero ignoro dónde las esconde/guarda mi señora. Creo que las vi una vez las pasadas navidades, o en alguna fiesta similar, pero no consigo recordar de ellas ni el color. En casa de mi madre sucede tres cuartos de lo mismo. A la hora de comer, servilletas de papel. Allí sí sé dónde están, porque durante casi dos décadas las estuve sacando del cajón a la hora de poner la mesa. Tenemos varios modelos, los de diario y los de las celebraciones especiales, o lo que es lo mismo, las malas y las buenas. Las primeras son a cuadros; las segundas, rojas. Incluso hay unas blancas -del ajuar de mi señora madre, supongo- que jamás han sido usadas. Las servilletas de todos los días rascaban al limpiarte los morros; las buenas estaban suaves y olían a limpio, al menos antes de empezar la pitanza.
Ahora ya sólo hay de papel. Si quieres restregarte la grasa del pollo de los dedos con una pieza de tela tienes que irte a un restaurante, y allí también están en peligro de extinción.
Compras un enorme paquetón de servilletas de papel, que contiene cien o doscientas, de una, dos o tres capas, y las llevas a tu casa. Las pones en la bandeja donde comes, -porque los treintañeros no comemos a la mesa, sino en bandejas, sentados en el sofá-, y cuando llega la hora de limpiarte una miaja, el papel se deshace entre tus dedos como... bueno, como lo que es, papel. Y entonces coges otra, y luego otra, y así vas juntando un montón  de basura superior al de los propios desperdicios de la comida.
Esa montaña de celulosa semiviscosa que descansa al lado del vaso de agua se supone que tenía que ahorrarte penurias económicas y laborales. Se supone que son muy baratas, y que no hay que lavarlas, ni plancharlas –cosa que he visto hacer a ciertas señoras con estos ojitos miopes-, que son de usar y tirar. Pero ¿dónde están estas ventajas si al final tienes que usar el cuádruple en una sola comida? Y lo peor es que sigues teniendo algo de roña en la mano, pijo. Porque las de tela, las que rascaban, te arrancaban la suciedad a tirones, pero estas cosas de papel se espizcan al primer roce.
Todas las virtudes que tienen los pañuelos de papel frente a los de tela, sobre todo el no tener que llevar tus mocos en el bolsillo todo el santo día, no se pueden extrapolar a las servilletas. Y da lo mismo usar las de siete capas, el papel es papel, y si se empapa, se desintegra como una galleta en un tazón de leche (Ley Fontaneda de la disgregación de la materia). Aún sí las seguimos empleando porque nos hemos acostumbrado a ello, y porque lo de meter las de tela en la lavadora no nos va demasiado, eso son “cosas de madres”. Y nos dejamos engañar un poco por los fabricantes, que conocedores de nuestros deseos más íntimos, ya las fabrican en todos los colores, formas y texturas para que se parezcan a las servilletas de hilo maternas. Pero madre y sus servilletas no hay más que una.
Hay un tipo de servilleta de papel que no sirve absolutamente para nada. Todos las conocemos de sobra porque casi todos nuestros bares favoritos las tienen. Los esas servilletas que suelen llevar el nombre del local en ellas, y/o un rebordecito azul o rojo que parecen ligeramente enceradas, y que están encerradas en dos lados de unos monstruosos cajones de plástico o metal. Son una mierda. No limpian. No absorben. No sirven absolutamente para nada. Sólo comiéndote unos caracoles puedes llegar a gastar centenares y te irás de las tascas con los dedos amarillos y oliendo a especias. Todos hemos cometido el terrible error de arrojarlas a puñados encima de una bebida derramada y sólo hemos conseguido un bonito e inmenso moco blancuzco que se alza como un islote asqueroso en medio de una laguna de cerveza. ¿Quién fabrica esto? ¿Un genio del mal?
La única forma de hacer de estas servilletas de bar algo atractivo era ensartándolas en un gancho de acero en cuya base había un palillero, y de estos, desde que cerró el Monterrey, no he vuelto a ver jamás. 


El Pueblo de Albacete, 30 de julio de 2012

viernes, 17 de diciembre de 2010

Navidades y eso (Sesenta mil satanases, 42)

No soy de esos que odian la Navidad. Hubo un tiempo en que tantos deseos edulcorados, lucecitas y consumismo desaforado me ponía enfermo. Luego me percaté que lo que realmente me ponía enfermo eran los virus. Se me hinchaban las amígdalas hasta no dejarme tragar más que líquidos, mi cabeza estallaba de fiebre y moqueaba tanto como para poner un puesto de blandiblú al por mayor. Por sistema, entre Nochebuena y Reyes, servidor de ustedes suele pasarse entre tres y cinco días en cama enfermo. Pero el resto de días hago vida normal. De hecho, estas fiestas suelen desarrollarse como una sucesión de escenas independientes, como una cadena de diapositivas, bajo el paraguas de la Navidad.
Empiezas con las cenas de empresa a las que no quieres ir. Cenas con los amigos a las que no puedes ir. Repartes las comidas pantagruélicas entre tus padres, los de tu pareja, los del pueblo, los de la otra punta del país. Maletas llenas de ropa ante la imprecisión del tiempo, que los mismo llueve, que graniza, que sale el sol. El dinero que comienza a menguar. La cesta de navidad que unos años te comes en dos días, y otros acabas por regalar a tu incauto cuñado.
Llega el 22, pendiente de la Lotería nacional, donde acabas por desear salud para todos y una mierda para los agraciados con el Gordo, que siempre son otros. Nochebuena. Comes langostinos como si no existiese el mañana. Te aplicas con la misma intensidad al turrón de chocolate y los polvorones. La mistela sustituye al agua en estas fechas, y el vino a la cerveza. El omeprazol se convierte en tu mejor amigo. La sidra riega los postres. Cantas villancicos sereno. Cantas villancicos borracho. Tomas licores a mil y orujos de dos mil sabores. El reencuentro familiar acaba siempre a voces, aunque sea de buen rollo. Vitamina B para la resaca. O una lata de almejas. Otro omeprazol. Frenadol. Aspirinas. Imonogas.
Comida de Navidad, de sopa de pollo y las sobras del día anterior en casa de la suegra. Regalos de Papá Noel para esos sobrinos puñeteros que no quieren esperar a Reyes. Visitas a amigos y familiares, que se empeñan en cebarte con sus mantecados caseros y sus bebidas alcohólicas. Todos quieren que salgas borracho y bulímico de su casa. Cuidado con los belenistas. Estás obligado a ver ciento y la madre de nacimientos, a cual más estrambótico, colocado siempre en los punto más infames del hogar. Donde más molesta, vamos.
Reencuentro con viejos colegas. Tu viejo amigo el maestro te restriega sus dos semanas de vacaciones para rascárselos a dos manos. Otro te restriega a su mujer estupendísima y a sus hijos listísimos. Borracheras absurdas. Un cumpleaños inoportuno a mitad de semana que te parte en dos el planning y el presupuesto. Cena en un chino y tajá como un piano. Bronca con la señora, que no evita el calendario chino en una alfombrilla de bambú que le regalas. Más fármacos para salir del paso. Almax. Sales de frutas. Bisolvon. Couldina. Paracetamol. Y mucho papel higiénico.
Nochevieja. Nada de cotillón, que hay que ahorrar. Vestidos de gilipollas boda en casa de tus suegros. Más cordero. Más vino. Campanadas en La 1. Doce uvas de una vez, con pepitas y todo. Evitas ir a la misa del gallo con la abuela. Llamadas y mensajes de móvil por toneladas hasta saturar la memoria. Sales a la caza y captura de un bar abierto al que puedas pasar sin pagar entrada. Hielo en la calle. Te fumas los últimos pitillos en el bar. Las pastillas te las comes como si fueran chococrispis. Vitamina C. Ibuprofeno. Nastine. Amoxicilina. Imodium. Hemoal.
Día 1. El día del las promesas incumplidas. Comienza la cuenta atrás para dejar de fumar, de comer grasas, de apuntarte a un gimnasio, de aprender inglés... Saltos de esquí en la tele. Acabas borracho.
Días de compras pre-Reyes. Adiós paga extra. Hay que hacer regalos a todo el mundo. Amigos invisibles inclusive. Carreras por los centros comerciales, de tienda en tienda en un peregrinar por etapas que ríete del Camino de Santiago. Escuchas villancicos hasta en el Mercadona. Simpatía por Herodes. Quieres matar a todos los niños castratti esos. Compras a escondidas, no vaya a ser que te vea y se chafe la sorpresa. Venga a comer y a beber.
Cabalgata. Escaqueo para no llevar a tus sobrinos, ni a los hijos listísimos de tus amigos. Compras de última hora. Aprende a envolver cajas en sesenta minutos. Noche de Reyes. Borrachera esperando a los camellos y a sus majestades. Resaca matutina con intercambio de presentes. Cosas que no quieres para nada. La cutrería suprema: un vale en lugar de un regalo. Tu cuñado le da a su mujer algo tan caro que tu regalo a su hermana parece una puta mierda. Busca los tickets para descambiar. Tu madre te llama para que te pases a recoger tu regalo: este año toca calcetines y colonia Hacendado. Rebajas apocalípticas de enero. Pharmaton. Myolastan. Eritromicina. Dulcolaxo. Voltaren. Prozac...

Felices fiestas.

El Pueblo de Albacete, 26 de diciembre de 2010

Reto Fanzine 2025. ¡Que 20 años no es nada!

Que sí, que este año hay Reto Fanzine. Cómo no iba a celebrarse si cumplimos, ahora sí que sí, ¡dos décadas! La tardanza en publicar esta co...