Las enciclopedias, enormes, pesadas, ya fueran del Arte, de Historia, de Castillos de España o la de los Jóvenes Castores, estaban vedadas a las siempre grasientas y peligrosas manos infantiles, por lo que pocos pudieron aventurarse en ellas, al menos, hasta mediados los cursos altos de Primaria o el Bachillerato, cuando se recurría a sus páginas para hacer los trabajos de clase. Estamos hablando de la no tan lejana era preinternet, pequeñuelos.
Al otro extremo estaban las novelas de a duro, las del oeste, de terror, del espacio, que podían pulular por el hogar gracias a un abuelo, un tío o un hermano mayor enrollado, desgastadas de tanto cambiarlas, pero que tampoco acostumbraban a caer en poder de los infantes por su “dudoso” contenido. Estas, al contrario que las anteriores, se guardaban en un cajón o una caja vieja de zapatos, como si se tratase de pornografía –que haberla, la había también, pero hoy no es el tema-.
No escondidas, pero sí relegadas a lejas más apartadas de la vista, estaban, por lo general, las ediciones en rústica de las novelas que sí se habían leído nuestros padres (o eso decían ellos); la temática variaba en función de cada familia, pero he visto repetidamente títulos como Nada, de Carmen Laforet o Tuareg de Vázquez Figueroa, autores como Cela o Martín Vigil, y tampoco era de extrañar tropezarse, en los más altos estantes, con cosas picantonas como decamerones, manuales del sexo y el amor, y de preparación al parto (que también contenían fotos de tetas y de lo que no son tetas).
En esa biblioteca casera convivían, asimismo, los libros del Círculo de Lectores, que eran un híbrido entre el ornato y el legible, o lo que es lo mismo, se leían si acaso una vez y punto, a hacer bonito en la leja.
Los libros para críos –sin entrar en tebeos- se reducían a las obras de Enyd Blayton, más de setecientas, los clásicos ilustrados, y los clásicos sin ilustrar, pero igualmente resumidos, y poco más, que se apilaban en el dormitorio del vástago.
Y por encima de todos ellos, el más útil, divertido y necesario, era el diccionario.
Al menos, para mí, claro.
Luego tuve un Aristos (más grande, tapa dura, gris, cosido pero igualmente frágil), que todavía conservo y consulto, con los mismos o parecidos dibujos, y además con excepcionales apéndices cargados de extravagante información, como las conjugaciones de los verbos, un glosario en latín, equivalencias entre el sistema métrico y el anglosajón... Toda una enciclopedia para mí solo, que podía manosear, leer al azar, o lo que me diese en gana. Y aunque nunca entendí por qué los insultos y los tacos, acaso las palabras más usadas por los hablantes, no existían entre sus páginas, descubrí el significado -y la imagen- de aquellos vocablos desconocidos de los clásicos sin ilustrar ni resumir que iba consiguiendo al crecer.
Ahora, con un televisor con TDT y más canales de los que necesito, por casa tengo un VOX, el María Moliner, el de la RAE, varias enciclopedias en cedés, la Wikipedia entera a mi disposición, y ninguno de ellos ha logrado darme tantas horas de satisfacción como el difunto Sopena y el maltrecho Aristos. Por eso, de vez en cuando me doy una vuelta por sus definiciones y sus dibujos, y me sonrío cuando busco aquello del cabritillo que mama y lo de soplar con fuelle.
El Pueblo de Albacete, 31 de julio de 2011
