
Los becicletos, que decía uno de Madrigueras, son esos vehículos de dos ruedas que no tienen tubo de escape. Apenas cuatro tubos de aluminio mal soldados con un fulano pedaleando encima. Probablemente, se haya cruzado con alguna en su quehacer diario, y quizá hasta se le haya pasado por la cabeza el pensamiento de “vaya un gilipollas” al considerar lo a gusto que se va sentadico en el coche, con el aire acondicionado y la música a toda pastilla, o también cuando intenta encontrar un hueco donde estacionar su berlina de seis metros de eslora y ve cómo un ciclista desmonta y encadena su montura sin más a una farola. Pero lo más probable es que lo haya exclamado en voz alta cuando una bicicleta lo ha adelantado en un atasco o ha aparecido de repente junto a su ventanilla cuando iba a girar. Sí, amigo, ese gilipollas es un ciclista urbano.
Sorprende ver la poca cantidad de ciclistas urbanos (de los de bici a diario) que hay en esta ciudad, aunque puedo llegar a comprenderlo. Para empezar, está la cosa de los robos. No conozco a nadie en Albacete a quien no le hayan robado al menos una bici. Da lo mismo el tipo de cadena, candado o pitón que emplees, la misteriosa mafia de las bicicletas tiene cizallas y ganzúas para cada ocasión. Por supuesto, dé la bici por perdida para siempre cuando ésta desaparezca de donde la ató, porque la Policía ni siquiera se molesta en investigar el tema (quizá teman represalias por parte de la Mafia Ciclistera o a lo mejor están ellos metidos en el ajo, como ocurre en los libros de Flann O’Brian). Sólo se me ocurre la teoría conspiranoica de El Tercer Policía porque no creo que un yonki a) pueda sacar mucho dinero de las piezas de una bicicleta, b) vaya por ahí con una cizalla y c) se dé a la fuga pedaleando cuando apenas puede andar en línea recta. Además, me surgen preguntas como ¿dónde está el taller clandestino donde se compran las piezas de bici robadas?, ¿quién compra estas piezas?, ¿dónde las almacenan? Albacete no es tan grande para ocultar un negocio de esta magnitud, con lo que sólo podemos apuntar a una banda internacional de tráfico de bicis, lo que me hace pensar si mi Orbea roja estará ahora mismo en Arabia Saudí o Tailandia... Esto explicaría también, por ejemplo, que no hayan aparecido las 95 bicicletas (de 125) del servicio municipal de préstamo sustraídas.
Este es otro tema curioso. El Ayuntamiento puso hace unos años en marcha este servicio, a mi entender totalmente prescindible, como se ha demostrado con el tiempo (como que ahora mismo nadie quiere gestionar el tema). Abacete lo tenía todo para que esto funcionase, salvo dos cosas: educación y necesidad. Y es que la ciudadanía albaceteña está por civilizar; sobre el papel queda muy bonito plasmar la idea de que somos Europa, y que la gente agradecerá tener a su disposición unos vehículos gratuitos y ecológicos, pero en la práctica, lo que ofrecen es un trofeo demasiado tentador para los amigos de lo ajeno y un blanco fácil para los gilipollas que se dedican a placar papeleras o patear retrovisores para liberar tetosterona. Lo que no se les pasó por la cabeza a los responsables municipales es que el usuario de bicicletas YA TIENE UNA. O dos, por si le roban la primera. El ciclista urbano no necesita la bici del ayuntamiento, lo que quiere es dónde atarla, que le garanticen que la encontrará intacta a su regreso y, sobre todo, que pueda circular con ella con tranquilidad.
Porque esta es la principal pega. Sí, en esta ciudad maldita y oscura, circular en bicicleta es un deporte de riesgo. Tenemos un estúpido carril bici discontinuo que no va a ninguna parte, en pésimo estado de conservación -la idea de adoquines verdes merece una paliza-, y permanentemente ocupado por cualquier otra cosa que no sea una bicicleta. De nuevo, una operación de márketing que queda muy bien en las guías de turismo y en la estadística, pero con una utilidad real nula (como no sea la de quitar plazas de aparcamiento). Así que tenemos al ciclista urbano que, para llegar a su destino, no tiene más remedio que ir por la calzada, lo que tampoco debería suponer ningún trauma. Somos ‘como’ un vehículo, recuerden. Pero sí aparecen rápidamente los inconvenientes. Los baches nos recuerdan dónde está el culo y hasta dónde pueden subir los testículos, los conductores nos consideran más peligrosos que los apaches y defienden su diligencia a sangre y claxon, además de negarse a poner los intermitentes, no vayamos a saber hacia dónde se dirigen y tratemos de emboscarlos. Las scooter nos consideran sus primos bastardos, y en la lucha por el territorio asfáltico, no somos para ellos más que burda competencia...
Y los peatones... Ah, los peatones. Quienes podían ser nuestros aliados son en verdad los más acérrimos enemigos de la bicicleta. Pase usted, amigo ciclista, por una calle peatonal como la calle Mayor, a menos de 10km/h y verá las miradas de odio reflejadas en sus pupilas. Por supuesto, no faltará quien aparte a su hijo de un estirazón a la voz en grito de “cuidao con la bici”. Yo he visto a madres tirar a sus retoños al suelo del empujón para apartarlos de mi camino, cuando todavía estaba a diez metros de distancia y podía esquivarlos hasta conduciendo un panzer marcha atrás. Me veo obligado a resaltar que no conozco ningún caso de atropello bicicleta-peatón en donde el pedestre haya salido peor parado que el ciclista, y por supuesto, dudo mucho que alguien arrollado por una bici sufra lesiones medianamente graves o muera. Se quejan los peatones de que circulamos por las aceras, sin considerar que, bandarras aparte, por regla general si lo hacemos es porque no nos queda más remedio. Hay ocasiones en que, por puro instinto de supervivencia, no puedes bajar a la carretera. Además, hay que saber aprovechar los recursos y ventajas que ofrece montar en bicicleta. Hay que tener presente que no sólo la ciudad, todas las ciudades, están pensadas para ir en coche, sino también el código de circulación está hecho para esas latas de cuatro ruedas. Con esto no digo que haya que saltarse los cedas, semáforos e ir por dirección prohibida, pero desde luego, los perjuicios que puedes ocasionar en casoa así son nimios en comparación con la que monta un camión en doble fila o un todoterreno saltándose un stop. Allá con la temeridad de cada uno, lo que está claro es que el ciclista urbano se juega el pellejo, innecesaria y gratuitamente, en demasiadas ocasiones, y casi siempre, por culpa de otros.
PD: La imagen superior -una obra maestra- es el logotipo de una asociación ciclista de Guadalara, México.
